Sesión de investidura - La crónica

Caras de entierro e indignación

| | Madrid |

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▲ Blindado. La carrera de San Jerónimo estaba totalmente inaccesible para los ciudadanos que protestaban.

▲ Blindado. La carrera de San Jerónimo estaba totalmente inaccesible para los ciudadanos que protestaban.

30-10-2016

El día en el que el rapero Arkano batió el récord de rapear durante 24 horas sin parar en la puerta del Sol, a 500 metros de distancia, el Congreso de los Diputados ponía fin a un ‘rap’ electoral sin fin de 315 días sin gobierno que ha conseguido hastiar a los ciudadanos, cansados después de dos comicios y muchas discusiones políticas. Una parte de ellos mostraban su indignación con gritos a los políticos que, a lo lejos, hacían el paseíllo hasta el interior del Parlamento vestidos con sus mejores galas. Sin embargo, no era día de celebraciones en las filas socialistas, que llegaban a la puerta de los leones con semblante serio. Especialmente, diputados como la ibicenca Sofía Hernanz que bajaba la Carrera de San Jerónimo acompañada únicamente por su compañero de escaño, el valenciano José Luis Ábalos, con gafas de sol, como si acudiera a un entierro. Minutos después, en- traba rápidamente la dirección de la Comisión Gestora en bloque, con Javier Fernández a la cabeza, y casi sin mirar a los periodistas que les pedían a la entrada unas declaraciones para explicar lo que algunos piensan que es inexplicable. La procesión penitente del PSOE la cerraban los diputados catalanes quienes, como casi siempre, iban por libre. Entre tantas caras serias, la estrella fue Pablo Iglesias, vitoreado por los ciudadanos que rodeaban el Congreso y que, a su paso, cambiaron por unos instantes las caras de cabreo por los aplausos.

Y mientras Iglesias hizo su entrada triunfal coronado como líder de la oposición, Mariano Rajoy entraba en coche oficial al interior del Parlamento para ser investido tres horas después sin pisar la calle y casi sin despeinarse. Desde el interior de su vehículo se ahorró tener que escuchar los gritos de ‘corruptos’ que proferían los ciudadanos indignados tras las vallas y el fuerte cordón policial que blindaban el Congreso.

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