Un nuevo impuesto de incierto futuro

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El Congreso de los Diputados aprobó ayer el inicio de la tramitación parlamentaria de un impuesto que gravará con el tres por ciento determinados servicios digitales, como la publicidad y los servicios de intermediación on line. Este tributo, con el que el Gobierno pretende recaudar alrededor de 1.000 millones de euros al año, está dirigido a las grandes empresas del comercio en Internet, como Facebook, Google, Apple y Amazon, entre otras, con un volumen de facturación anual superior a los 750 mil millones de euros. El pasado mes de enero, Francia congeló la aplicación de la llamada tasa Google para evitar el incremento de los aranceles a la importación de productos galos con los que amenazaba la Administración norteamericana.

Una decisión provisional.
La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, reconoció ayer el carácter «provisional» de la iniciativa española a la espera de la aprobación de un reglamento internacional o en su defecto en el ámbito de la Unión Europea. Este comentario pretende calmar la reacción inmediata de Estados Unidos, cuyo representante de Comercio advirtió de la apertura de una investigación sobre los efectos de la decisión del Congreso de los Diputados. A la vista de la situación en la que se encuentra la propuesta francesa, todo indica que la española seguirá un camino similar; el presidente Trump es muy consciente del poder que tiene con su política arancelaria en defensa de las empresas norteamericanas.

Un bloque común.
El principio de oportunidad obliga a ser cautelosos sobre la efectividad de la mal llamada tasa Google (no es una tasa y no se aplica exclusivamente a Google), sobre la que es razonable exigir su aplicación para evitar gravosas situaciones de competencia desleal para las empresas con sede en España. La cuestión es cómo se aborda esta iniciativa, condenada al fracaso, si se plantea de manera unilateral, como demuestra el ejemplo francés. La única medida eficaz para frenar la ingeniería fiscal de este tipo de corporaciones es que la Unión Europea construya una propuesta única. Lo contrario es un brindis al sol, condenado al fracaso.