Escape room. | Pixabay

Hace algunos años decidí que sería buen regalo de reyes para la familia ir en chupipandi a un escape room. Como su propio nombre indica, se trata de un juego de pruebas de deducción que debes resolver para conseguir, junto a tu equipo, salir de unas tematizadas dependencias antes de que se acabe el tiempo. Debo reconocer que la cosa tenía su gracia, pero también que algunas de las pruebas superaban nuestras capacidades deductivas. Si no es porque el encargado de turno, a través de un pinganillo, te va chivando alguna solución al enredo, aun estaríamos allí metidos intentando salir del atolladero. Pero no hace falta irse tan lejos para echar una de estas divertidas partidas. Solo tienen que visitar el aeropuerto para que comience la aventura. Como cantaba la Orquesta Mondragón, «viaje con nosotros si quiere gozar y disfrute de las hermosas historias que les vamos a contar».

El juego comienza al adentrarse en sus instalaciones. Las obras del parking se han demorado en exceso. Lo que se encontró en sus cimientos debió ser algo así como el acueducto de Segovia o el teatro romano de Mérida. Pero, si optamos por huir de estas obras, y decidimos contratar, por un nada módico precio, el denominado parking de larga estancia, espero que hayan almorzado bien ese día y no vayan demasiado cargados, pues el nombre que le viene que ni al pelo es el de parking de larga distancia. Allá, a lo lejos, pasada la terminal de vuelos privados, en un descampado sin sombra, es donde deben estacionar. Prepárense para recorrer el trecho a la inversa cargados y al sol. La distancia es tan larga que se han visto atletas preparando allí la maratón. No hay ningún autobús lanzadera ni nada que se le parezca, a lo hippie. Y ojo, porque su última opción será usar el acceso rápido de entrar y salir en menos que canta un gallo, pues como se pasen un segundo de los diez minutos gratuitos y, a su vez, bloqueen la salida, prepárense para el particular día de la marmota aeroportuario que van a montar. Lo de la cola de los taxis, los piratas y las largas esperas del autobús, ya lo dejamos para otro día.

Ya a pie, en la parte exterior de la propia terminal, pueden observar unas letras enormes con el nombre de la isla, de esas que sirven para que los instagramers dejen constancia fehaciente de que han estado aquí. Ya saben, básicamente para dar envidia al personal y crearse una story super guay de la muerte. Hasta ahí todo correcto. Pero si desde esas mismas letras miran al extremo derecho de la terminal, podrán ver, allá, dejado de la mano de Dios, un parque infantil bastante decente, que tiene de todo menos lo principal: niños. Ni los que pretenden partir, ni los que acaban de llegar, hacen uso de un parque que tan solo tendría sentido a la sombra y dentro de la terminal para amenizar la espera. Sería que sobraba presupuesto de poner las letras para las fotos y dijeron «a que no hay… a poner un parque allí. Sujétame el cubata». Pum, parque que te crío.

Si ya están dentro de la terminal, ármense de valor y paciencia, porque la siguiente prueba consistirá en pasar el control de seguridad sin que te dé un ictus ante las constantes y urgentes indicaciones del personal de turno sobre depositar líquidos, ordenador, reloj, cinturón, zapatillas, chaqueta, monedas, gafas, ojo o dentadura postiza. Algún día pedirán que deposites un riñón. Total, para que al final pases y suene de todas formas un pitido que indica que debes someterte a un control aleatorio de esos de esponjilla por manos y cintura. Pero, si te has quitado todo de encima, has accedido por un arco de seguridad y tus enseres han sido escaneados, ¿Qué más puedo ocultar? Si viaja con niños, prepárese además para plegar carros, entrar y salir a por los niños, estén despiertos o no, y llenar toda una bandeja de productos infantiles para su riguroso análisis en una cinta que es exclusiva para viajeros con niños, pero no excluyente para el resto. Y recuerden, no pueden pasar botellas de agua, que ya se las cobrarán a precio de oro dentro. Pero, descuiden, porque podrán ponerse finos a alcohol e incluso comprar botellas de todo tipo de brebajes. Después nos extrañamos de falsas alarmas de bomba, de agresiones al personal de vuelo y de todos aquellos follones que se suelen montar allí en época estival. En un aeropuerto uno se puede poner tibio a lingotazo limpio. Será para calmar el miedo a volar. Así nos va.

Cuando crean que ya han superado todas las pruebas y se acomoden plácidamente a tomar un tentempié, lo primero que tendrán que comprobar es si tienen posibles suficientes para abonar el precio del bocata, bebida y café a precio de restaurante de estrella Michelin. Eso sí, no se preocupen, que enchufes para cargar el móvil hay de sobra, se lo aseguro. Después, aún les quedará rezar, si van excesivamente cargados, porque el acceso a su avión se realice mediante finger, pues en caso contrario tendrán que utilizar escaleras sí o sí, lleven consigo lo que lleven. Para descender hasta la pista no hay ascensor que puedan utilizar, ni usted ni aquellos aguerridos padres rollo porteadores sherpas que se desplazan con más bultos de los que sus manos pueden abarcar. Doy fe. Se tiene una especial consideración con las personas de movilidad reducida, faltaría más. Pero no estaría de más un poco de sensibilidad con otros usuarios que también tienen, en cierta manera, limitadas sus plenas facultades.

Si han podido superar todas estas pruebas, incluida la guerra con la encargada de la aerolínea, dadas las limitaciones de dimensión y peso de su equipaje de mano, por el que pretenden sacarle un extra más caro que el propio coste del billete, ya estarán montados en su avión. O tal vez no, porque es posible que su vuelo se cancele o retrase, todo ello con muy poco margen para el pataleo frente a unas aerolíneas que, lejos de abonarles de oficio las compensaciones correspondientes por tales eventualidades y ofrecerles las medidas de alojamiento y manutención legalmente previstas, les pondrán todo tipo de trabas hasta tener que recurrir a los tribunales de justicia para reclamar, dependiendo de la distancia del vuelo, la módica cantidad de 250 euros. Si han sido capaces de superar todo esto, enhorabuena, habrán pasado la prueba. Abróchense los cinturones, reclinen sus asientos y disfruten del viaje. Se lo han ganado. Ahora solo falta esperar que su vuelo no se parezca al de la película «aterriza como puedas» o que, a su llegada, no le hayan perdido las maletas que facturó. ¡Suerte!