Había más periodistas apelotonados para informar sobre la doña que corredores de toros en la curva de Estafeta, ¡Riau-Riau! Pero a la distancia profiláctica que los pusieron no pudieron fotografiar una simple vaquilla, aunque atisbaran unos cuantos cabestros. Tal anticlímax informativo demuestra, una vez más, que en materia de igualdad de derechos, entre españoles los hay que son más iguales que otros. Cosas del fango autocrático.

Pero resulta divertido observar cómo ha caído la careta y hasta bragas y calzones de los que nos vendían honradez, transparencia, regeneración, etcétera. El todo para el pueblo pero sin el pueblo (ahora lo llaman «la gente») continúa descarado, pero los modales versallescos son inexistentes. No así el enchufe a las alturas ministeriales de queridas o queridos trepadores cum laude en coba o catre, la amenaza a los críticos, el nepotismo y tráfico de influencias, el aumento de chiringuitos absurdos para premiar a amiguetes de ocurrencia woke que exigen informática al pastor de cabras, el cambio de leyes para robar impunemente, que el dinero público no es de nadie, y ya hay más asesores fangosos que cortesanos en Versalles, donde al menos tenían sentido estético y no premiaban la zafiedad.

Tampoco existen las explicaciones, aunque abundan los lamentos, lo cual sacaría de quicio al dandy sefardita Benjamin Disraeli: Never complain, never explain. Durante los años de presidencia fangosa, la doña ha sentado cátedra y se ha erigido en una espectacular captadora de fondos que ya quisiera para su equipo Gordon Gekko. Las explicaciones son nulas, pero las quejas y descalificaciones de la menestra de ministros porque la Justicia ose investigar a la doña del ‘puto amo’, revelan aspiraciones caudillistas de lengua larga y memoria muy corta, como las cursis cartas del carterista.