OPINIÓN | Pedro Campillo

El grito de Munch

| Eivissa |

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Esta pintura, que expresa con claridad y dureza la angustia y el desespero, podría ser la imagen corporativa o el emoticono de una Ibiza que está muriéndose de éxito y a la que nadie presta atención. Hay claros síntomas de angustia que se repiten un año tras otro en los meses de julio y agosto. La isla en sí misma grita en su desespero, se queda sin llanto, se seca, y sin voz de tanto gritar. La dureza de su grito es desgarrador, aunque se vea silenciado por el ruido de tantos coches en tan poco espacio, y su sonido no pueda acallar el murmuro de la poseidonia, un alga, nuestra alga, fuente de vida marina en mal estado por ser incapaces de evitar que las anclas la sigan arrasando y la hagan desaparecer por completo, y con ella se irá, entre otras muchas cosas, el color de nuestras aguas.

Un estado de agonía generalizado que nos conduce cada vez mas a un futuro incierto y a que se pueda repetir la historia como ocurrió con el Imperio Romano, la vieja.

Grecia o el antiguo Egipto, que tras su potente resplandor, pasaron al mas oscuro presente y a vivir en el recuerdo de los libros de Historia.

Al igual que Munch gritaba contra la nueva organización económica de la época, las injusticias sociales y las desigualdades, Eivissa grita por su abandono, gime por la incomprensión del dinero rápido y fácil de los depredadores que nos deparará pan para hoy y hambre para mañana y se lamenta por la falta de respeto hacia lo que la naturaleza nos dió y que al no ser propiedad de nadie, es responsabilidad de todos conservar para pasar el legado en las mejores condiciones a las futuras generaciones.

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