OPINIÓN | Enrique Moreno Torres

El coronel no tiene quien le escriba

| Eivissa |

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Esto no es una novedad: las cabras de Es Vedrà se encuentran en la misma situación en la que se encuentra el personaje de una obra cumbre de Gabriel García Márquez escrita allá por el 61, bajo el título «del Coronel no tiene quien le escriba», publicada antes de su otra obra: «Cien años de soledad»; título, imagino que debido a que para llegar a leerla con entereza, son necesarios esos años. Luego, al final resulta que agrada, aunque pienso más bien que es debido al propio síndrome de Estocolmo que produce el haber pasado tanto tiempo secuestrado leyendo la. Imagino que se estarán preguntando que qué tendrán que ver las cabras con el autor de dichas obras y poseedor de un nobel. Pues exactamente todo, o nada según juzguen ustedes mismos: A ver: que en ambos casos, dependen de una decisión política para el propio bienestar de los interesados, en este caso interesadas, las pobres cabras. En el caso del Coronel, porque en la novela, de la cual es protagonista, espera un estipendio que nunca llega y que acaba por convertirle en un resentido; y en el caso de las propias cabras, porque también esperan una decisión que probablemente va a cabrear a mas de alguno, incluidas las propias cabras que ven como cada vez que se acerca alguien a su entorno, se les ponen los cuernos de punta al pensar cuál va a ser su destino final. En ambos casos, deben saber que por muy extraño que parezca, tienen puntos en común, pues hay que recordar que el Coronel y las cabras son unas supervivientes del mundo que les rodea. El problema reside como dije antes en la política. pues esta es caprichosa. Caprichosa y a veces cruel. Sobre todo cuando cabras indefensas, quedan a merced del viento de coroneles sin escrúpulos que suelen abusar de ellas en la mayoría de los casos y que no tienen vergüenza en reconocer en ellas su misoginia. así como también su odio a todo lo que viene de fuera, incluidos aquellos que como emigrantes vienen a su país a cubrir puestos de trabajo que nadie quiere. Y así pues, al Coronel le sobran excusas para levantar muros, oprimir a los pobres, aislar a los que como él no piensan igual, e insultar a todo aquel que es diferente, solo por el hecho de serlo, sin más. Y mientras tanto las pobres cabras, asisten perplejas a esta nueva época de cambio y se ven venir lo peor. Asistiendo con recelo y estupor cómo sus primas lejanas; las otras cabras, o mejor dicho, las que están como cabras, pero con dos piernas, han votado a un candidato con nombre de pato y apellido Trump, que va a destruir en minutos, si la democracia no lo impide, todos aquellos derechos adquiridos en el pasado de su gran país, América del Norte, a base de esfuerzos, sangre, sudor y lágrimas. Viendo ante sus propios ojos cómo se construye otro nuevo orden sin conocimiento, sin experiencia y sin sentido. Tan solo con el ruido fanfarrón de su ronca y altanera voz.

En este orden, queridos lectores, es en el que se aprecia toda la intensidad del conjunto: el de las cabras, el Coronel y el de los 100 años de soledad. Así pues, a veces basta que unas cabras, sobre todo si se han vuelto locas, elijan a un Coronel que no tiene nadie quien le escriba, porque todo el mundo lo ignora y lo ridiculiza, para que él mismo las guie por el propio camino de su perdición y de cien años de soledad.

Ni las de Es Vedrà están tan locas.

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