OPINIÓN | Montse Monsalve

Amigo teleoperador

| Eivissa |

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Suena el teléfono fijo de casa, son las 15,00 horas y es tu media hora para comer. Contestas, es un móvil que no tienes registrado, pero puede ser importante. Se hace el silencio y cuelgan. Despotricas y te vuelves a sentar. Acto seguido suena el móvil. Ahora son las 15,15 y estás con la boca llena pensando seriamente en cuál será tu próximo bocado mientras miras el informativo de soslayo. De nuevo un número desconocido y repites la misma operación. En este caso escuchas varios tonos, ruido de fondo y una voz metálica, a la que llamaremos Número 1 que pregunta por ti, te tutea con descaro y te intenta vender un seguro que no necesitas. Intentas ser educada, explicarle que no estás interesada y que no es la mejor hora para seducirte, y te pregunta cuál es tu mejor momento para explicarte las ventajas de su propuesta. Realmente no hay un instante peor ni mejor, simplemente no te apetece ni te has planteado revisar papeles, cambiar de proveedor ni volver a hablar con ella. Argumentas para zafarte de ella que realmente no estás interesada, pero que es muy amable, y ella comienza a divagar. Que si es su trabajo, que entiendas que a ella tampoco le gusta llamar a estas horas, que tiene que cerrar determinadas ventas, que solo precisa que la escuches, y tú te sientes la peor persona del mundo por replicar que solo quieres terminar tu plato antes de que te abandone el hambre en tus últimos 15 minutos de paz. Le quitas la palabra, te despides y cuelgas. El café sabe más amargo que otros días. Vuelves a la oficina. Media hora después la llamada es de una compañía de teléfono a la que despachas con idéntico esfuerzo. En este caso cuelgas directamente a Número 2 tras exponerle que ya fuiste cliente de su empresa y que la atención fue nefasta. Llega ahora el turno de Número 3, un joven que representa a una ONG y que te convierte en alguien rastrero por afirmar que en ese momento estás reunida y no puedes atenderle. Número 4 te pide tu correo electrónico para enviarte información sobre unos maravillosos cartuchos de tinta para la impresora y Número 5 es la víctima de una tarde de interrupciones con quien pagas tu furia ante tanta insolencia. En primer lugar, si quiero algo llamo yo y pido presupuestos, en segundo lugar, no sé de dónde ha sacado mi teléfono, pero le ruego que me borre de su lista, en tercer lugar, no me tutee puesto que no me conoce y yo le estoy tratando de usted, en cuarto lugar, usted es la sexta persona que me interrumpe hoy para venderme ‘motos’, y en quinto lugar le voy a colgar el teléfono.

Enciendo el ordenador y busco la página de la ‘lista Robinson’ y me inscribo para intentar que mi contacto no aparezca en las bases de datos de empresas. Me enfado, preparo la cena huraña y enciendo la televisión.

La noticia me hace abrir mucho los ojos y cerrar la boca. Escucho el testimonio de Número 7, o puede que realmente fuese el de alguna de las personas a las que colgué esa tarde. Se disculpa si alguna vez me ha despertado de la siesta o si ha insistido más de la cuenta, pero me recuerda que cobra 700 euros al mes y que desde hace siete años le gritan 2 de cada siete personas con las que habla cada día. Mira a los ojos a la cámara y los clava en los míos «si conocierais nuestro gremio probablemente seríais más benevolentes con quienes damos la murga telefónica. Estamos perdidos, porque es imposible ilusionarse con tanta presión y tanto rechazo».

Trago saliva cuando me recuerda que cada conversación es grabada para asegurar la calidad del servicio, por lo que las suyas son fiscalizadas al milímetro, independientemente de lo que responda el interlocutor. El despido es un fantasma que le acecha y la depresión una compañera de rutina. «Pasamos muchas horas encajonados, con miedo y estrés. Nosotros no ponemos las reglas, solo necesitamos el trabajo. Por eso te agradecería que, cuando recibas la llamada de un teleoperador, tuvieras todo esto en cuenta2.

Se me ha pasado el hambre, lo siento mucho Número 1, Número 2, Número 3, Número 4, Número 5 y Número 6 por haber olvidado que la educación es un bien inalienable y que todo el mundo se merece ser escuchado al menos durante unos minutos. He hecho uso de mi derecho a inscribirme en una lista para evitar vuestras llamadas y emails, pero si por lo que fuere, volvemos a hablar, prometo no ser una de esas personas que os grita u os cuelga.

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