Opinión/Lucas Ramon Torres. Sacerdote

2º Domingo T.O. (Jn 2, 1-11)

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El Evangelio nos habla del banquete de bodas, en Caná de Galilea, a unos kilómetros de Nazaret. Entre los invitados se menciona a la Virgen María.

Las fiestas de boda tenían larga duración en Oriente. Parientes y amigos iban acudiendo a felicitar a los esposos. También fueron invitados a la boda, Jesús y sus discípulos. Esta presencia de Cristo en las bodas de Caná es señal de que Jesús bendice el amor entre hombre y mujer, sellado en el matrimonio. Dios al principio de la Creación instituyó el matrimonio y Jesucristo lo confirmó y lo elevó a la dignidad de Sacramento. Al faltar el vino, la Virgen María, Madre solícita, dice a su Hijo: no les queda vino. Jesús le respondió: «Mujer, ¿ qué nos va a ti y a mí?. Todavía no ha llegado mi hora». La petición de Santa María explicita que ella sabe que su hijo podrá hacer algo por los nuevos esposos. Había seis tinajas de piedra, preparadas para las purificaciones de los judíos. La Virgen dijo a los sirvientes: «Haced lo que Jesús os diga». Y Jesús les dijo: «Llenad de agua las tinajas». Entonces el Señor convirtió el agua en vino. En aquel primer milagro que hizo Jesús manifiesta su divinidad. El milagro de Caná constituye un paso decisivo en la formación de la fe de los discípulos. María aparece como Virgen orante en Caná de Galilea. ¿ Por qué tendrá tanta eficacia los ruegos de María ante Dios?
Las oraciones de los santos son oraciones de discípulos del Señor, en tanto que las de María son oraciones de la Madre del Señor de dónde procede su eficacia. Como Jesús ama inmensamente a su Madre, no puede rogar sin ser atendida. Nadie pide a la Santísima Virgen que interceda antes su Hijo en favor de aquellos esposos. Con todo, el corazón inmaculado de María no puede menos que ser la intercesora al pedir al Hijo el milagro. Solamente Dios puede hacer milagros, pero la Santísima Virgen es llamada la «omnipotencia suplicante», porque lo que pide para sus devotos lo puede alcanzar. Recordemos al gran devoto de María, San Bernardo, el cual dice en el Acordaos ,lo siguiente: «Ninguno de los que acuden a ti, suplicando una gracia, jamás serán desatendidos».

Jesús dijo a su madre: «Todavía no ha llegado mi hora». Efectivamente la hora de Jesús llegó el Jueves Santo, la Víspera de su Muerte, cuando el Señor convirtió no el agua en vino, sino el vino en su Sangre y el pan en su Cuerpo. ¡Misterio de Fe! En el pan consagrado está Jesús con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Los católicos creemos firmemente que el Señor Jesús está real, verdadera y sustancialmente presente en la Eucaristía, en la que se ofrece, se inmola de modo incruento y se nos da en alimento.

¡Sea adorado para siempre el Santísimo Sacramento!

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