Opinión/Jorge Montojo

La cogorza del estornino

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Cuántas uvas necesita devorar un estornino para sufrir una intoxicación etílica? El foie de un pajarito y el de un brillante poeta maldito son muy diferentes, aunque ambas criaturas gusten de los bosques lácteos y las orillas relamidas del mar: “He tomado dieciocho whiskies seguidos y creo que es un récord”, escucharon decir a Dylan Thomas antes de morir…

Me vienen tales meditaciones dipsómanas al leer con cierta tristeza, en Periódico de Ibiza y Formentera , que en la ibicenca cala Llenya han encontrado cientos de estorninos muertos. Les van a practicar una necropsia para estar seguros de que no se trata de una gripe aviar. Pero la melancolía se transforma en báquica camaradería cuando, en la misma nota, se informa que el GEN explica que en numerosos estorninos encontraron muestras de intoxicación etílica por comer uvas fermentadas.

Con el huracán y frío de la semana pasada, ¿qué otra cosa podían hacer los estorninos que agarrarse una cogorza? Lo mismo hizo Noé al desembarcar del arca en que había sobrevivido al diluvio. Pero en fin, vistos los dantescos resultados, habrá que tener cuidado con el vino payés de este año.

En mi último baño en cala Gracioneta —el agua estaba helada, pero en la recacha el sol calentaba gozosamente— escuché un concierto pánico de miles de estorninos en plena orgía vital entre los pinares. Su júbilo era alegre y contagioso, nada que ver con la repetición monocorde de un robótico dj. Recuerdo que saqué la petaca de tequila y brindé por tan cantarinas criaturas en una especie de comunión panteísta.

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