Opinión/Lucas Ramon Torres. Sacerdote

4º Domingo de Cuaresma (Lc.15,1-3.11-32)

| Ibiza |

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El que quiera saber el amor, la ternura y la bondad de Jesucristo, y consiguientemente de Dios, Padre amantísimo, que lea detenidamente y con el máximo interés el capítulo 15 del Evangelio de San Lucas. Jesús hace patente la misericordia divina con sus obras. Se acerca a los pecadores para convertirlos. En este capítulo 15 del Evangelio de San Lucas, Jesús hace patente la misericordia divina con sus obras. Se acerca a los pecadores para convertirlos. En este capítulo 15, San Lucas recoge tres de estas parábolas en las que de modo gráfico describe la infinita misericordia de Dios, y su alegría por la conversión del pecador. El Evangelio enseña que nadie se encuentra excluido del perdón, y que los pecadores pueden llegar a ser hijos queridos de Dios mediante el arrepentimiento y la conversión.

En las tres parábolas: la oveja perdida, la moneda extraviada y el hijo pródigo, el Señor nos explica que por grandes que hayan sido los pecados cometidos, el pecador puede convertirse y ser santo. Es tal el deseo de Dios de que los pecadores se conviertan que las tres parábolas terminan repitiendo, a modo de estribillo, la alegría grande en el Cielo por cada pecador arrepentido. Dios espera siempre la vuelta del pecador y quiere que se arrepienta. En la hermosísima parábola del hijo pródigo, leemos que este hijo recapacita y dice,: ¡ Cuantos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre!. El recuerdo de la casa paterna y la seguridad en el amor del padre hacen que el hijo pródigo reflexione y decida ponerse en camino. La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre por medio del corazón que implica el deseo de cambiar para mejorar nuestra vida cristiana por medio del sacramento de la Penitencia, en el que el Señor nos da un abrazo de perdón y de amor.

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