Opinión/Lucas Ramón Torres, sacerdote

6º domingo de Pascua (Jn, 14, 23-29)

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Jesús dice: si alguno me ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él. El Señor nos habla de la presencia de la Santísima Trinidad en el alma, renovada por la gracia. Necesitamos distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

San Agustín, al considerar la cercanía de Dios en el alma, exclama: Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. En la 2ª carta de San Pablo a los corintios nos enseña que somos templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en nosotros.

Jesucristo expuso con claridad su doctrina a los Apóstoles, pero no podían entenderla plenamente. La entenderán cuándo reciban al Espíritu Santo que les enseñará y les recordará lo que el Señor les había dicho. El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en su nombre. El Señor promete a los Apóstoles en diversas ocasiones que les enviará el Espíritu Santo. En efecto, el Espíritu Santo vendrá sobre sus discípulos tras la ascensión del Señor. Paráclito significa consolador, defensor. El Espíritu Santo cumple el oficio de guiar, proteger y vivificar a la Iglesia. Es el alma de la Iglesia. Jesús sube al Cielo pero permanece entre nosotros por su Espíritu. Los cristianos debemos confiar y amar al Espíritu Santo que por muchos es el Dios desconocido. Igualmente sucede con el Santísimo Sacramento del Altar. Una gran parte de los fieles no piensan que es prioritario antes de venerar a los Santos–, ir primeramente al Sagrario donde el Señor Jesús está real, verdadera y sustancialmente como está en el Cielo. La Eucaristía es el Misterio de Fe.

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