Opinión/Lucas Ramón Torres, sacerdote

Pentecostés (Jn. 7, 37-39)

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Estamos celebrando la Solemnidad de Pentecostés. Es la fiesta del Espíritu Santo. Jesús dijo: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba. Quién cree en mí, brotarán de su seno ríos de agua viva». El Señor dijo esto haciendo alusión al Espíritu Santo que iban a recibir los que creyeran en él. Jesús se presenta como aquél que puede sanar el corazón del hombre y darle la paz. San Agustín exclama: «Nos has creado, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Jesús, una vez exaltado como corresponde a su condición de Hijo de Dios, enviará en Pentecostés al Espíritu Santo, que transformará interiormente a todos los que creen en él. Nuestra actitud ante el Espíritu Santo debe ser la docilidad. El Señor prometió que nos enviaría aquél Defensor que nos haría capaces de Dios. San Lucas nos narra cómo este Espíritu, después de la ascensión del Señor, descendió sobre los discípulos el día de Pentecostés, con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y para dar su plenitud a la nueva alianza. Todos recibimos al Espíritu Santo en el Bautismo y particularmente en el sacramento de la Confirmación. Espíritu de prudencia y sabiduría, Espíritu de consejo y de valentía. Espíritu de ciencia y temor del Señor. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros el que resucitó de entre los muertos vivificará vuestros cuerpos mortales, por el Espíritu que habita en nosotros. ¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados y renovarás la faz de la tierra.

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