Domingo 16 del T.O. (Lc. 10, 38-42)

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A tres kilómetros de Jerusalén se encuentra Betania, una aldea en la que vivían tres hermanos: Lázaro, Marta y María. Jesús amaba entrañablemente a los tres hermanos. Es San Agustín, quien comenta esta escena de esta manera: Marta se ocupaba de muchas cosas, disponiendo y preparando la comida del Señor. En cambio, María prefirió alimentarse de lo que decía el Señor. Marta abarcaba muchas cosas, María sólo atendía a una. Ambas cosas son buenas. Jesús desea que nos santifiquemos en cualquier estado de vida en que nos encontremos. Una vida activa que se olvide de la unión con Dios es algo inútil y estéril; pero una supuesta vida de oración que prescinda de la preocupación apostólica y de la santificación de las realidades ordinarias tampoco puede agradar a Dios. La clave está en saber unir la oración y la acción. El trabajo ha de ser medio y ocasión de un trato afectuoso con el Señor. El cristiano corriente que sigue las enseñanzas de Jesús, debe esforzarse en lograr una vida de piedad intensa y actividad exterior orientada hacia Dios, hecha por amor a Él y con rectitud de intención, que se manifestará en el apostolado, en el trabajo profesional, en los deberes de estado.

Dios nos manda servirle en y desde las tareas que tenemos asignadas. Hemos de saber encontrar al Señor en nuestra vida ordinaria.

Para agradar a Dios no hace falta realizar cosas extraordinarias, es suficiente hacer bien las cosas ordinarias de cada día, evitando lo defectuoso, lo puramente rutinario, para -como se dice vulgarmente, cumplir el expediente-. En todos los estados de la vida podemos ser santos. Un humilde hermano religioso, cuando estaba para morir, pedía algo, pero como no podía hablar no sabían lo que deseaba. Le presentaron un crucifijo, una estampa de la Virgen… pero no era eso.

Alguien sabía que era sastre y le presentaron la aguja porque con ella cosía todos los días. Se le abrieron los ojos con mucha alegría. Con ella se le abrieron las puertas del Cielo, las puertas de la santa gloria, o sea la felicidad eterna. Recordemos el milagro de la multiplicación de los panes y peces. 5 panes y 2 peces era lo único que tenían, dice el Evangelio. Jesús con aquel alimento realizó el milagro, con algo aparentemente insignificante. Ni un vaso de agua fresca que ofrezcamos a un sediento, por amor al Señor, quedará sin recompensa.

La importancia de las cosas de todos los días hechas con amor son de un gran mérito ante Dios. Una sonrisa, un saber escuchar, una delicadeza, y un afecto cariñoso con el que necesita ayuda. Saber tratar a nuestros semejantes como deseamos que nos traten a nosotros: Intentar hacer felices a los que carecen de amor y de paz. Acompañar a los que viven cerca de nosotros en sus penas y sus alegrías. Todo con amor y por Amor.

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