Opinión/ Lucas Ramon Torres. Sacerdote

24 domingo T.O. (Lc.15, 1-32)

| Ibiza |

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El capítulo 15 del Evangelio de San Lucas deberíamos leerlo todos los cristianos. En las tres parábolas: la oveja perdida, la dracma y el hijo pródigo, con claridad meridional, Jesús nos habla de la gran misericordia de Dios con el pecador arrepentido que regresa a la casa paterna. El Padre sin afearle su conducta, lo recibe con los brazos abiertos. Hace patente la inmensa alegría que hay en el cielo por la conversión de un pecador. El Evangelio enseña que nadie se encuentra excluido del perdón y que los pecadores puede llegar a ser hijos queridos de Dios mediante el arrepentimiento y la conversión.

Es tan grande el deseo de Dios de que los pecadores se conviertan que las tres parábolas terminan repitiendo, a modo de estribillo, la alegría grande en el Cielo por cada pecador arrepentido. La predicación del Señor atraía por su sencillez y por sus exigencias de entrega y de amor. Los fariseos le tenían envida porque la gente se iba tras Él. Esa actitud farisaica puede repetirse entre los cristianos. Los que no aceptan que un pecador, por grandes que hayan sido sus pecados, pueda convertirse y ser santo .San Pablo, en su carta a los felipenses, se alegraba de que otros anunciaran a Cristo, e incluso pasaba por alta que lo hicieran por interés, con tal de que Cristo fuese predicado. Todo fiel cristiano debe ayudar a sus hermanos los hombres en el camino de la salvación y la santificación.

Jesús, el Buen Pastor, busca con afán a la oveja perdida hasta que la encuentra, y gozoso la pone sobre sus hombres. Una de las más bellas parábolas de Jesús es la del hijo pródigo. Una vez más nos enseña que Dios es un Padre bueno y comprensivo. En la parábola vemos las tristes consecuencias del pecado. Con esa hambre se nos habla de la ansiedad, y el vacío que siente el corazón del hombre cuando está lejos de Dios. Pero el recuerdo de la casa paterna y la seguridad en el amor del padre, hacen que el hijo pródigo reflexione y decida ponerse en camino hacia la casa del Padre. Dios espera siempre la vuelta del pecador para darle un abrazo de perdón y de amor.

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