Opinión | Lucas Ramón Torres

IV Domingo de Adviento (Mt., 1, 18-24)

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En este cuarto y último domingo de Adviento se nos habla de la inmediata celebración del nacimiento de Jesucristo. Todo el relato del nacimiento de Jesús enseña a través del cumplimiento de la profecía de Isaías 7,14. Primero: Jesús es el descendiente de Daniel por la vía legal de José. Segundo: María es la Virgen que da a luz según la profecía y Tercero: el carácter milagroso de la concepción del Niño sin intervención de varón. José era un hombre en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. La Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo. El silencio de María es admirable. Su entrega perfecta a Dios le lleva incluso a no difundir su honra y su inocencia. Debemos contemplar la magnitud de la prueba a la que Dios sometió a estas dos almas santas de José y María.

No nos puede extrañar que también nosotros seamos sometidos a veces, a lo largo de la vida, a pruebas duras, en ellas hemos de confiar en Dios y permanecer fieles, a ejemplo de José y María. Oportunamente Dios ilumina al hombre que actúa en rectitud y confía en el poder y sabiduría ante situaciones que superan la comprensión de la razón humana.

«Jesucristo único Señor nuestro, Hijo de Dios, cuándo tomó por nosotros carne humana en el vientre de la Virgen, fue concebido no por obra de varón, como lo demás hombres, sino, sobre todo el orden natural, por virtud del Espíritu Santo: de tal manera que la misma persona del Verbo, permaneciendo Dios, como lo era desde la eternidad, se hiciese hombre, lo cual no era antes».

El ángel del Señor dijo a José: No temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará su pueblo de sus pecados. El nombre de Jesús significa «salvador». Jesús es el nombre exclusivo del que es Dios y hombre. ¡Misterio insondable! Todo un Dios se hace hombre para siempre sin dejar de ser Dios. Los nombres profetizados (Isaías, 7 y 9) son: Emmanuel (Dios con nosotros), ya se pronunciaba unos siete siglos antes de Jesucristo; el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el Príncipe de la paz. Por divina disposición al Hijo de Dios, se resumen en el nombre Jesús porque, mientras que los demás nombres se refieren solo bajo algún aspecto a la salvación que habría de darnos, éste comprendió en sí mismo la realidad y la causa de la salvación de todos los hombres.

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