Opinión / Lucas Ramon Torres, sacerdote.

La Familia de Nazaret

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La Sagrada Familia sube a Jerusalén con el fin de dar cumplimiento a dos prescripciones de la Ley de Moisés: purificación de la madre y presentación y rescate del primogénito. Según el Levítico, la mujer al dar a luz quedaba impura. Para la madre del hijo varón, a los cuarenta días del nacimiento terminaba el tiempo de impureza legal en el rito de la purificación. María, siempre Virgen, llena de celestial belleza – Vida, dulzura y esperanza nuestra-, de hecho no estaba comprendida en estos preceptos de le Ley porque ni había concebido por obra de varón, ni Cristo al nacer rompió la integridad virginal de su madre. Sin embargo, Santa María quiso someterse a la Ley, aunque no estaba obligada. Ejemplo maravilloso de la Virgen para todos nosotros que nos cuesta a veces aceptar la voluntad de Dios porque nos falta fe y nos falta amor.

Jesús se somete a todas las leyes para darnos ejemplo. Se somete a la ley biológica (nueve meses de gestación), a la ley civil, paga tributo por Él y por San Pedro, y a la ley religiosa (presentación en el templo). La Ley mandaba también que los israelitas ofrecieran para los sacrificios una res menor, por ejemplo un cordero, o si eran pobres un par de tórtolas o dos pichones. El Señor, que siendo rico se hizo pobre por nosotros, quiso que se ofreciera por El la ofrenda de los pobres. Simeón, calificado de hombre justo y temeroso de Dios, atento a la voluntad divina, esperaba la Venida del Señor. Por revelación del Espíritu Santo sabía que no moriría sin ver antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu acudió al templo en el momento de entrar con el Niño Jesús, San José y la Virgen. Lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, porque mis ojos han visto a tu Salvador».

Contemplemos este momento en que María deposita en brazos de Simeón a su hijo. Se trata de una escena llena de maternal ternura. A todos nos hubiera gustado poder recibir de manos de la Virgen al Niño Dios. Pero no envidiemos al mismo Simeón, porque si él recibió a Cristo una sola vez, nosotros lo podemos recibir cada día en la Sagrada Comunión.

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