Opinión | Lucas Ramón Torres

Domingo 2º después de Navidad (Jn. 1, 1-18)

| Ibiza |

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El prólogo del Evangelio de San Juan constituye un bello canto a Jesucristo. En él se proclama la divinidad y eternidad del Señor. La Iglesia ha dado siempre especial importancia a este prólogo.

Muchos santos padres y escritores de la antigüedad lo han comentado, y durante siglos se ha leído al final de la Santa Misa. El texto sagrado llama Verbo al Hijo de Dios. El Evangelio no le llama simplemente ‘Verbo’, sino ‘el Verbo’ (Palabra) de Dios.

Las enseñanzas principales que aparecen en el prólogo pueden apreciarse:
a) la divinidad y eternidad del Verbo
b) la Encarnación del Verbo y su manifestación como hombre
c) la intervención del Verbo en la Creación y en la obra salvífica de la humanidad
d) el comportamiento diverso de los hombres ante la venida del Salvador: unos lo aceptan con fe y otros lo rechazan
e) por último, Juan Bautista es el testigo de la presencia del Verbo en el mundo.

Hay dos verdades fundamentales sobre el Verbo: que es la Vida y que es la Luz. Aquí se trata de la vida divina, fuente primera de toda vida, de la natural y de la sobrenatural. Esa Vida es luz de los hombres, porque recibimos de Dios la luz de la razón, la luz de la fe y la luz de la gloria, que son participación de la Inteligencia divina.

Sólo la criatura racional es capaz de conocer a Dios en este mundo, y de contemplarle después gozosamente en el Cielo por toda la eternidad. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen.

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