Opinión / Jorge Montojo

Ley seca

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Algunos fariseos se rasgan las vestiduras por la equiparación de San Antonio con Magaluf en la nueva ley de turismo anti-borrachera. No es buena ni justa publicidad, pero Portmany, con su tolerancia corsaria y afán de rápido botín de algunos bucaneros, ha tenido absurda manga ancha para decaer en guetto hooligan.

Pero hay voluntad de cambiar las cosas (con pesos fuertes de la política, hoteleros y Club Náutico, que reconocen el hartazgo del pueblo) y mimar la mejor zona geográfica de las Pitiusas. ¡Es caballo ganador! Ya era hora, pues lo contrario sería un seppuku tan estúpido como nada honorable.

Ha sido curioso comprobar cómo los medios internacionales se han hecho eco de una ley que uno se imagina más propia de Arabia Saudí que de la dionisiaca España, donde los alquimistas Ramón Llull y Arnau de Vilanova encontraron la líquida piedra filosofal en el alcohol, donde había amor entre balcones antes que balconning psicodélico.

Es una ley enfocada a un tipo de turismo que trota como el caballo de Atila, bajo cuya pezuña no volvía a crecer la hierba. Acostumbran a ser unas manadas que beben sin gusto alguno, y hacen pensar que –contra cualquier teoría darwinista— es el mono el que viene del hombre. Incluso se inventaron hace unos veranos un cocktail desesperado llamado Tampvodka. Aunque parezca increíble, consiste en mojar un tampax con vodka y luego utilizarlo como mejor convenga. El resultado suele ser una cogorza instantánea y un lavado de bajos de lo más efectivo. Huelga decir que es unisex, pero no daré más indicaciones.

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