Opinión | Lucas Ramón Torres

Presentación del Señor (Lc. 2, 22-40)

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María y José suben a Jerusalén para cumplir dos prescripciones de la Ley de Moisés: la purificación de la madre y presentación del primogénito.

María Santísima, siempre virgen, de hecho no estaba comprendida en estos preceptos de la Ley porque ni había concebido por obra de varón, ni Cristo al nacer rompió la integridad virginal de su Madre. En esta fiesta de la Presentación del Señor, contemplamos a Jesucristo, que quiso someterse a todas las leyes: la biológica, la civil y la religiosa. El Señor nos da un maravilloso ejemplo al cumplir todas las leyes justas. Lo más importante y aleccionador para nosotros es la tierna escena del Evangelio al ver cómo la Virgen María pone al Niño Jesús en los brazos de Simeón, un hombre calificado de varón justo y temeroso de Dios. Atento a la voluntad divina, acude al Templo en el momento en que la Sagrada Familia entra en el Templo con el Niño Jesús. Cuando Simeón tuvo en sus brazos al Niño, conoce no por razón humana sino por gracia especial de Dios que ese Niño es el Mesías prometido. Entonces, exclama: «Ahora, Señor, puedes sacar a tu siervo en paz –de este mundo-, porque mis ojos han visto a tu Salvador». Jesús vino a este mundo para la salvación de todos los hombres. Simeón, movido por el Espíritu Santo, profetiza que el Señor será signo de contradicción, porque algunos se obstinarán en rechazarlo, y para estos Jesús será su ruina. Para otros, en cambio, al aceptarlo con fe, Jesús será su Salvación. Simeón y Ana alaban al Dios exhortando a los demás a que creyeran que aquel Niño era el Mesías.

Creo en Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

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