Opinión / Lucas Ramon Torres

7º Domingo T.O. (Mt. 5, 38-48)

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En la oración de los fieles, entre otras intenciones, rezamos por nuestros familiares, amigos y bienhechores, vivos y difuntos. El pasado domingo, un amigo me decía: «¿Por qué no rezamos también por los enemigos?». Efectivamente, debemos rezar por todos; también por los enemigos. El mandamiento más difícil de cumplir es el amor a los enemigos. Habéis oído que se dijo: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos. Este es el distintivo de los hijos de Dios».

Jesús establece que el cristiano no tiene enemigos personales. Su único enemigo es el mal en sí, el pecado pero no el pecador. Esta doctrina fue llevada a la práctica por el mismo Jesucristo con los que le crucificaron. Si el ejemplo de Jesucristo nos parece imposible o muy difícil de practicar, recordemos que los santos han seguido el ejemplo del Señor, como el primer mártir San Esteban, que oraba por los que le estaban dando muerte. Recordamos a través de la historia de la Iglesia los miles y miles de mártires que morían perdonando a sus verdugos. «Perdonad y seréis perdonados», dice Jesús. Cuando rezamos el Padre Nuestro, le decimos a Dios que perdone nuestras culpas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. Alguien podría decir que no perdona al que lo ha calumniado, al que lo ha deshonrado, al que quitó el pan de sus hijos. Es muy difícil perdonar en estos casos, pero porque somos cristianos hemos de perdonar siempre.

A la pregunta de los discípulos: ¿Cuántas veces hemos de perdonar las ofensas, hasta siete veces? No, hasta siete veces setenta, es decir, siempre. En el sacramento de la confesión, por medio de la Iglesia, Jesucristo siempre nos perdona y nos ayuda con su gracia para que evitemos el pecado y las ocasiones próxima de pecar. Hay quiénes dicen: «Yo perdono pero no olvido». Hay cosas que no se pueden olvidar, pero jamás debemos albergar en nuestro corazón sentimientos de rencor, venganza u odio. Si somos cristianos, debemos perdonar, olvidar y devolver bien por mal. La misericordia de Dios es infinita. Todos debemos confiar en su perdón y en su amor.

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