Opinión / Jorge Montojo

Amores prófugos

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El amor en los tiempos del cólera podía ser desesperado, pero en los tiempos del coronavirus pretende ser legislado de forma totalitaria. Esto ya es el colmo, pues ¡cómo van a prohibir un calentón, la atracción irresistible, el flechazo de Cupido! Siempre habrá romances pícaros, amores románticos y encuentros mercenarios: Amor omnia vincit.
Si los ingleses de Boris quieren multar a los que tengan sexo con vecinos de otro bloque (compartiendo escalera sí se puede en diferentes domicilios: cuestión de cercanía al lecho, lo cual ayuda en la contrarreloj), los pragmáticos holandeses establecen un contrato legal para encamarse con un solo amante, cuya duración variará lo que se prolongue la emergencia sanitaria.

Ah, los pragmáticos holandeses han transformado a Eros y Tanatos en capitales de su economía, del sexo a la eutanasia. Ahora andan buscando su media naranja temporal y ceñirse a un contrato de exclusividad (¿no saben que el amor es ciego y caprichoso, que no obedece a leyes y gusta alterar el orden social?).

Siempre cabalga en el aire la flecha del éxtasis y hace diana cuando menos te los esperas. Pese a la dureza del arresto domiciliario, la gente no quiere tragar las insulsas ruedas de molino cibernético: el porno es para voyeurs y no colma de gozo. El perverso ensayo de robotizar a la gente ha fracasado, aunque se ha llevado por delante demasiadas libertades.
Por eso se llenan los bares y regresa el flirteo, por L´Amor qhe move il sole e l`altre stelle; cuando el rayo divino te toca, la vida se torna más hermosa: «Aguda espina dorada, quien te pudiera sentir en el corazón clavada».

Quien lo ha probado, lo sabe.

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