Opinión / Joan Boned Roig

Falso patriotismo

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Dentro del drama que evidentemente supone para todos la pandemia que nos esta azotando hay que reconocer que también ha servido para que cada uno tenga la oportunidad de reconsiderar sus posicionamientos y, si se cree oportuno, reconducir sus propias acciones.

Entre los que así lo han hecho está Ciudadanos. Hasta ahora este partido no era más que un miembro más del nefasto ‘trifachito’ de Colón. Actualmente, y en cierto modo de forma sorprendente, ya que está liderado por la que en su momento fue mano derecha de Rivera, su fundador; parece que ha decidido soltarse de la mano de Abascal y sus secuaces de Vox y empezar a practicar un tipo de política distinta. El tiempo nos dirá si es una decisión definitiva, o si en uno más de sus vaivenes.

Otros, en cambio, siguen agarrados a las teorías estériles y absurdas de la extrema derecha y no parece que tengan la más mínima intención de reconducir el rumbo. En la práctica, de una política inmovilista y anclada en el pasado seguimos encontrando a los dos partidos que van de la mano y para los que en su mente no existe otro objetivo que atacar con lo que sea a aquellos que están ocupando un gobierno de forma irregular y que, según ellos por derecho divino, solo les corresponde ejercerlo a ellos. Y, por supuesto, estos dos partidos son el PP y VOX, que como se dice coloquialmente están demostrando no ser más que los mismos perros con diferentes collares.

Ambos partidos centran toda su actividad en posicionarse claramente en contra del gobierno, al que por cierto siguen acusando de ser ilegítimo, olvidando cuestiones básicas y que cualquiera que no esté anclado en el pasado conoce a la perfección. Los que acusan a Sánchez de estar al frente de un gobierno ilegítimo olvidan que en su momento accedió a la presidencia del gobierno mediante una moción de censura y, posteriormente, ganó de forma clara unas elecciones y ambas cosas están perfectamente recogidas y reguladas por nuestro ordenamiento. Ordenamiento que, por mucho que les pese a los nostálgicos de otra época, nos afecta y nos obliga a todos.

La extrema derecha y sus socios populares esgrimen como argumento en defensa de sus tesis políticas un patriotismo de pacotilla. Dicen ser los únicos que se preocupan de los españoles, mientras que todos los demás les abandonan.

Pero analicemos con un poco de rigor la situación actual. Nadie en su sano juicio piensa a día de hoy que la máxima preocupación de los españoles sea el traslado o no de un coronel de la Guardia Civil o la adscripción política de los familiares de algún miembro del gobierno y eso es lo que ha centrado la actividad de los partidos de la derecha trasnochada esta semana en los debates del Congreso de Diputados.

Lo que realmente preocupa a la inmensa mayoría de españoles es cómo podrán llegar a final de mes, inmersos en un ERTE o directamente despedidos y en la calle sin un sueldo mínimamente digno del que disponer. Porque éste es el escenario que nos está dejando la pandemia y éstas las nefastas consecuencias que ello conlleva.

De qué sirve acusar al Gobierno de la expansión del coronavirus por las manifestaciones del 8 de marzo cuando vemos que los mismos partidos que están haciendo esto son los que convocan, alientan y defienden las manifestaciones ilegales en el barrio de Salamanca de Madrid, sin tener para nada presente el peligro para la sociedad en general que ello supone, ya que en las mismas se vulneran las normas que el estado de alarma establece. Son los mismos que se lanzan a la calle, creyendo tener derecho a vulnerar los requisitos de seguridad sanitaria por el simple hecho de gritar envueltos en una bandera española.

No señores, no. Ser patriota es velar por los intereses de la sociedad española en su conjunto, no sólo por los de unos pocos privilegiados, que, además, están pasando el confinamiento en mejores condiciones que la mayoría. Ser patriota es trabajar denodadamente por reconducir cuanto antes nuestras economías y nuestros empleos.

Cualquier otra prioridad en estos momentos de lucha y de dolor no es más que una indigna y execrable política.

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