Opinión

Érase una vez Ibiza

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Los lunes suelen ser grises, pesados, eternos... más insufribles si uno viene de un fin de semana intenso, saboreando las delicias, momentos y sensaciones que se pueden encontrar descendiendo a Cala Llentrisca, corriendo desde Cala Bassa a Platges Comte o en el Port de Sant Miquel. El lunes nos despertábamos con la marcha de Ennio Moriccone. El Maestro nos dijo adiós después de poner banda sonora a centenares de películas, obras de arte que son la banda sonora de la vida.


Saboreando una tortilla entre risas y vinos, con las aguas turquesas de Cala Llentrisca como testigo silencioso, a uno se le viene a la cabeza la melodía de Cinema paradiso. También se puede visualizar al bueno de Toto y su amigo Alfredo -Philippe Noiret- mientras se disfruta de una sobremesa entre amigos en el acogedor Pascual, en el Port de Sant Miquel. Tirando millas por la costa desde Cala Bassa hasta sa Figuera Borda, pasando por el Racó d’en Xic, puedes sentir el atrayente Oboe de Gabriel, con Jeremy Irons hipnotizando a los guerreros guaraníes en La Misión. La partitura del genio fue descrita como un trabajo conmovedor que, en lugar de complementar la película, la superó. Érase una vez América, érase una vez Ibiza. El éxtasis del oro de la mítica El Bueno, el feo y el malo nos adentraría en el frente abierto para poner coto a las fiestas privadas en villas de la isla en tiempos pandemia. Ya saben: Por un puñado de dólares. El lunes, en homenaje al genio Morricone, el tema El duelo del spaguetti western podría haber recibido a los miles de visitantes que entraron a la isla por el aeropuerto de Ibiza convertido en algo similar a un cementerio de restos orgánicos e inorgánicos. Un estercolero como tarjeta de presentación para una temporada incierta, un verano que se podría acompañar con la apertura de Los odiosos ocho. Tarantino pondría el resto. Érase una vez Ibiza.
Arrivederci, maestro. Grazie mille per tutto.

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