Domingo 19 T. O. (Mt. 14,22-33)

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El episodio de Jesús que camina sobre las aguas nos da la seguridad de que su santa Humanidad está sobre la naturaleza. El Señor estaba hablando con su Padre, haciendo oración, pero no se olvidaba de sus discípulos que navegando en el lago de Genesaret luchaban contra el viento y el oleaje.

Jesús sabe que por encima de todo prevalece ayudar al que necesita ayuda. Siempre hay ocasión de atender al necesitado de paz, comprensión y amor. Es lo que practica Jesús. En esto debemos imitar al Señor haciendo patente nuestro amor a Jesucristo en la persona de nuestros hermanos que sufren por carecer de lo necesario para poder llevar una vida más humana y más digna.

Los apóstoles al ver como el Señor se acercaba a la barca andando sobre las aguas tienen miedo- no sabían que era Jesús,- No tengáis miedo , les dice el Señor, soy yo. Al subir a la barca, calma la tempestad y el peligro para sus vidas desaparece. En efecto, donde está Jesús nada hay que temer.

Quien a Dios tiene nada le falta, dice Santa Teresa. Solamente debemos temer lo que ofende a Dios: el pecado. El pecado mortal es lo único que nos puede hacer eternamente desgraciados.

De todos modos hay que tener la seguridad y la esperanza de que Cristo vino al mundo no para condenarlo, sino para que el mundo.-todos los hombres- se salven por El.

En estos días, en que recordamos especialmente a María, nuestra dulcísima Madre y Patrona celestial es muy oportuno recordar unas palabras de San Bernardo sobre la Santísima Virgen María: «Si se levantaren vientos de tentaciones, si tropezares en escollos de tribulaciones; mira a la estrella, invoca a María.

Si la ira, la avaricia, el deleite carnal sacudieren con furia la navecilla de tu alma, vuelve los ojos a María….Que María no se aparte de tu boca, que no se aparte de tu corazón».

A Jesús por María.

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