Bogavante triste de Navidad

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La primera vez que me puse una mascarilla me sentí una delincuente, la segunda una extraterrestre y la tercera una extraña. Hoy, cientos de días después, olvidarla es tan raro como no coger las llaves o el teléfono al salir de casa. La apatía de quienes no se la calzan y se pasean impunes por el portal, por la calle o por las zonas comunes de un bar es idéntica a la de esas personas que no te devuelven los “buenos días”, dejando un poso de tristeza pura a su paso, aunque en este caso no se trate tan solo de una simple falta de educación, sino una ausencia manifiesta de respeto.

Yo, que me sorprendo al ver los recuerdos que me sugiere Facebook de hace tan solo un año: saltando en un concierto, abrazada a un grupo de amigos o viajando por rincones exóticos, me siento ahora como Catherine Zeta-Jones en “La Trampa” y esquivo dibujando líneas imaginarias en la acera a todo aquel con el que me cruzo. Soy como una espía que camina atenta a todo lo que ocurre a su alrededor y que ha aprendido a cambiar sus hábitos para no ser cazada. Ahora, en vez de ir por la calle mirando el teléfono, escribiendo mensajes, hablando con mi madre o revisando los correos electrónicos, enarco las cejas y lanzo miradas de desdén a quienes no se protegen y nos ponen en peligro, como si eso les importase algo. Lo cierto es que me siento tan impotente como ilusa. Soy de esas inocentes que pensaron que el encierro nos haría mejores, y que ve ahora cómo la estupidez humana no tiene límites.

Fijo los ojos en los suyos para ver si ven el grito, la luz o tal vez para buscar una respuesta. ¿Qué les pasa, acaso no leen las noticias, no son conscientes de que ya han muerto un millón de personas por una enfermedad que no tiene cura y que algo tan sencillo como taparse la boca podría evitar que siguiese cercenando vidas? A veces estaría bien que se la cosiesen directamente, como en “El cuento de la criada”, para que así dejasen de decir sandecedes como que esta pandemia es un invento de los poderosos para someternos y que realmente el COVID-19 no existe. ¡Que se lo pregunten a los que lo están sufriendo! A mis amigas de Madrid que no pudieron despedirse de sus padres o de sus abuelos, a los médicos que vuelven a estar agotados exponiéndose por su irresponsabilidad y a nuestras economías que tiritan de miedo. Esos “terraplanistas” de medio pelo son los mismos que afirman que el cáncer se lo provocan las personas y que con piedras y aguas mágicas se cura todo. Son los charlatanes que se creen sus mentiras y que propagan noticias falsas para encender otras rabias y otros odios y que solo quieren escuchar a quienes piensan poco e igual que ellos.

Y mientras, a nosotros se nos escurren los días y se nos cae encima este otoño denso del que casi no nos estamos dando cuenta. Y se hace de noche enseguida, con una oscuridad azul que vuelve a teñirlo todo. Y nos despertamos sin luz y con un octubre robado, como aquella primavera en la que escribí un libro y lloré de más.

Hoy los que cumplimos las normas, pagamos impuestos, valoramos las vidas de los demás y sus derechos tanto como los nuestros, nos quedamos en casa aunque no estemos de acuerdo con la forma en la que se están haciendo las cosas. Nosotros, que no comulgamos tampoco con la improvisación y las decisiones arbitrarias de los que nos desgobiernan, cerramos la cremallera de la rebeldía y encendemos el fogón de las frustraciones para calentarnos el alma en la cocina y si hay suerte respirar las penas en la terraza. Por que esto es lo que hay, y no es que seamos sumisos y nos estemos dejando controlar, sino que tal vez estamos informados, comparamos fuentes o nos ha tocado cerca esta espada de Damocles. Nosotros, que no sabemos qué pasará estas Navidades, si podremos volver a ver a los nuestros, aunque seamos muchos menos sentados a la mesa, no vemos luz más allá del túnel y nos hacemos un ovillo en el sofá pensando en un escenario en blanco y negro en el que estaremos solos y llorando como un bogavante al ser hervido en la Nochebuena más fría de nuestra historia.

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