Todos los Santos (Mt. 5, 1-12)

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Hoy, con alegría y esperanza, celebramos en una misma solemnidad a todos los santos que nos han precedido en el camino de la fe. Los santos interceden por nosotros, alaban a Dios eternamente en la Jerusalén celeste, que es nuestra madre. Hacia la felicidad eterna nos dirigimos para participar de la compañía de todos los bienaventurados que viven en el Cielo. Allí encontraremos gozosos a los seres queridos que disfrutan para siempre de la santa gloria. ¿ Son muchos o pocos los que viven en el cielo? San Juan, en el Apocalipsis nos dice: “ Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar de todas las naciones razas, pueblos y lenguas”. Pensamos poco en el Cielo en el que estaremos y gozaremos después de la muerte. Deseo morir, decía San Pablo, para estar con Cristo. Y tan alta vida espero, que muero porque no muero, escribe Santa Teresa de Jesús

Ya desde el siglo IV las iglesias orientales celebran todos los santos en una única solemnidad. Todos esperamos y deseamos salvarnos: Para ello llevemos una vida de amor y de fe.

La solemnidad de Todos los Santos es en concreto la celebración anual en la que más se evidencia un artículo de nuestra fe cristiana profesada en el Credo: la comunión de los santos. Santo Tomás ha afirmado que los santos en el cielo nos ayudan con su intercesión, son un ejemplo para los fieles y son como el altar del cielo en el que se depositan las ablaciones y oraciones de los hombres. Pidamos la salvación de todas las almas. El Señor Jesucristo y la santísima Virgen María nos ayuden en el tiempo y en la Eternidad.

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