Distopía burrocrática

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Esa nueva celebrity que es el portavoz epidémico del Gobierno de España, Fernando Simón, nos regaña por habernos portado mal en Navidad. El candidato a molt honorable, Salvador Illa continúa increíblemente de ministro de la cosa sanitaria, pero en la obscenidad binaria de su caso tanto no puede montar tanto. La mallorquina Armengol, en pleno gozo de las calmas de enero, declara la guerra a los bares (algo cantaba en su subconsciente tras el oportuno desmayo de una noche de farra). En la meseta ibérica los hunos y los otros rebuznan que no alertaron de la gravedad de Filomena por eso de no alarmar a la población. El vicepresi Iglesias y su mujer ministra –¿nepotismo descarado a la Luis XIV o simple realpolitik de reverso comunista?—observan la estafa eléctrica de una forma muy diferente ahora que andan forrados.
El caso es idiotizar al pueblo. Encerrarnos en un patio de colegio donde las clases sufren de algo más que una temperatura siberiana. Es la doma psicológica y sus armas son el miedo y la ignorancia.

Vemos como en el resto de Europa se exige mayor responsabilidad a la clase política. Al menos dimiten por respeto a la opinión pública. Pero aquí resbalan continuamente y se suben el sueldo mientras exigen o dictan sacrificios a sus servidores, perdón, quiero decir a sus votantes.
Dicen que el espantoso virus va a cambiar el hedonista modo de vida occidental. Pero a mí eso me suena a mayor control totalitario. Lo que debe cambiar es la forma de hacer política y mejorar la democracia con una transparencia absoluta. Ya que les patrocinamos, deberíamos exigirles mucho más. Al menos, que se traguen sus mentiras y sean responsables de sus actos.

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