Domingo 3º. T.O. ( Mc.1, 14-20)

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Jesús llegó a Galilea predicando el Evangelio de Dios. La expresión Evangelio de Dios equivale a la de “Evangelio de Jesucristo”. Lo que nos dice Jesús es lo que nos dice Dios Padre. El Señor nos dice: haced penitencia y creed en el Evangelio. Ya los profetas habían hablado de la necesidad de convertirse. Tanto Juan Bautista, como Cristo y sus apóstoles insisten en que es preciso convertirse, es decir, cambiar de actitud y de vida como condición previa para recibir el Reino de Dios. El Papa San Juan Pablo II recalcaba la importancia de la conversión. Volvemos a Dios mediante la fe y la penitencia. La Iglesia profesa y proclama la conversión.

La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, su amor de Padre, siempre ese amor es paciente y benigno. El Papa San Clemente l, escribe una carta a los Corintios- para mí maravillosa y llena de ternura-, en la que entre otras cosas nos dice:” El amor nos eleva hasta unas alturas inefables. Nos une a Dios, el amor cubre la multitud de los pecados, el amor lo aguanta todo, los soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en él,” el amor no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en el amor hallan su perfección todos los elegidos de Dios, y sin él nada es grato a Dios, y sin él nada es grato a Dios. En el amor nos acogió el Señor; por su amor hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas. Quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.( 1ª Jn. 4,16)

Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios.

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