Amantes furtivos

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El amor es un no sé qué, que empieza no sabe cómo y acaba no se sabe cuándo. Tal era la definición de una dama galante y audaz, enemiga del puritanismo de corsé y los tímidos cabestros que no se atreven a seguir el objeto de su deseo.
La dama en cuestión, más romántica que sentimental, estaría hoy muy harta del forzoso cinturón de castidad que dicta el terror pandémico y alienta el onanismo cibernético. Entre la profusión de almendras amargas y amores contrariados son muchos los que gritan porque nunca leyeron a Gabo: ¿Existe el amor en los tiempos del covid? Naturalmente que sí, pero los amantes deben ser todavía más discretos para esquivar a los nuevos inquisidores de lo políticamente correcto y su legión de chivatos, siempre tan celosos del placer ajeno como algo peligroso e insolidario.

La dama rebelde y ebria de ilusiones escaparía a los almendros que tocan ahora su gong florido, breve pero espectacular, y obligaría a Toni Sonrisas a abrir el Cosmi para devorar una tortilla y recuperar fuerzas tras algún lance amoroso. A batallas de amor, campo de pluma; y también calas de cantos calientes y las praderas pitiusas que estallan de color y zánganos solitarios que buscan amantes ligeras de cascos. «Y yo me la llevé al río, creyendo que era mozuela. Y resultó ser un tío, que por poco me la cuela».
Pero el placer, qué duda cabe, está donde uno lo encuentra. El inconveniente es que hay que demostrar la convivencia, pues los amores furtivos, esos milagros que beben de la magia del momento, están terminantemente prohibidos. Pero quien cuenta los costos del gozo, no se merece el paraíso.

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