Domingo tercero de Pascua (Lc. 24,35-48)

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Jesús resucitado se aparece a los discípulos de Emaús. Estos reconocen al Señor al partir el pan. Enseguida se les abrieron los ojos y vieron que el hombre que por el camino se unió a ellos era verdaderamente Jesús. Al momento volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, que decían: El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón. La gloriosa resurrección de Jesús es la fuente de alegría y esperanza para todos los creyentes. Cristo se nos revela a través de los signos: el partir el pan, la Eucaristía; las llagas de sus manos y sus pies.

Los cristianos nunca hemos visto a Jesucristo, pero por su gracia sabemos que está con nosotros. Está en el Cielo y en la Santísima Eucaristía. Es lo que nos dice San Pedro: No habéis visto a Jesucristo y lo amáis, no lo veis y creéis en él. En la carta a los Romanos, 10, leemos: Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios a la salvación. La fe, virtud teologal, es el gran tesoro escondido para muchos. El que tiene fe tiene esperanza y seguridad de que Dios no abandona a nadie. Nosotros somos los que nos alejamos de El por el pecado. El ateo práctico es el que vive como si Dios no existiera.

Si alguien dijera: -yo no creo lo que no veo, y tampoco me interesa creer-. ¿ Tendrá esa persona miedo al más allá?. A Dios no se le tiene miedo , se le tiene amor. Sin fe no podemos agradar a Dios, sin fe no hay esperanza. En un himno del tiempo pascual cantamos: Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua. Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado, la muerte en ti no manda. Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en la victoria santa. Amén; Aleluya.-

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