Opinión / Jorge Montojo

El semáforo

| Ibiza |

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Una terraza de Ibiza, en una imagen de archivo.

Una terraza de Ibiza, en una imagen de archivo.

Toni Planells

Que el Govern Balear no haga caso de su propio semáforo de la desescalada indigna pero no sorprende. Te obligan a tragar ruedas de molino por eso de una incierta seguridad y luego, cuando los objetivos se cumplen, van y traicionan su prometida recompensa, el caramelo a los perros de Pavlov. ¡Eso sería causa de motín en cualquier galeón o patio de colegio! Pero el miedo aborrega… hasta que salta la chispa.

Los mamones del poder prefieren dictar o prohibir a los que gobiernan mientras ellos mismos se saltan las normas. Ya decía Oscar Wilde que la única forma de vencer a una tentación es caer en ella. Y estos progres que no cumplen sus promesas (un progreso de lo más decadente) han sido pillados gin-tonic en mano fuera del toque de queda o asistiendo a una comilona que hubiera sido causa de multa para cualquiera ajeno a la secta. Pecadillos de lo más comprensibles en tan amables tentaciones, pero absolutamente escandalosos cuando tanto putean y demonizan a bares y dipsómanos.

También en el gobierno de España el estado de alarma ha sido una herramienta magnífica para cortar libertades y no dar explicaciones. Da igual la errante gestión de la pandemia (con cambio de jeta ministerial incluido), los esperpénticos cambios de rumbo, el confinamiento más duro fuera de China, el torpedo a la frágil separación de poderes que ha provocado la denuncia de los jueces españoles en Europa, la clamorosa falta de actividad parlamentaria, el soporífero aló presidente, los ataques a una prensa libre que desean silenciar, el incremento de un sectarismo insultante y los impuestos en plena ruina… La excusa del apocalipsis les ha dado carta blanca en su cara dura y no atienden a semáforo alguno.

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