Historias de lavadoras

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En mi época de estudiante viví en tres pisos distintos en los cuáles todas las lavadoras tenían vida.

En mi época de estudiante viví en tres pisos distintos en los cuáles todas las lavadoras tenían vida.

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En mi época de estudiante viví en tres pisos distintos en los cuáles todas las lavadoras tenían vida. No solamente hacían un ruido ensordecedor, sino que tenían la cualidad de desplazarse algunos centímetros de su sitio. Colocar cosas encima era toda una aventura y plantas, pinzas y toda suerte de botes terminaban desparramados sin remedio al final de su ciclo.

En los dos primeros casos tuve la suerte de que estuviesen ubicadas en terrazas que, aunque gélidas y desagradables para quienes tenemos el mal hábito de andar siempre descalzas, amortiguaban al menos un poco el ruido del centrifugado. Una vez la llenamos tanto que en su esfuerzo estridente por eliminar el agua de la colada nos vimos obligadas a cerrar todas las puertas que nos separaban de ella, sin darnos cuenta de que también habíamos dejado una olla a presión al fuego en la cocina con una coliflor dentro, para más señas, que terminó por explotar mientras veíamos anonadadas el primer beso de Rachel y de Ross en Friends. Aquel piso, como las dos hermanas que lo habitaban, no se recuperó nunca de aquel olor a verdura quemada.

En mi segunda aventura pequé de nuevo de inocente y volví a atreverme a compartir salón, nevera y lavadora con dos nuevas hermanas. Me aseguraron que solo vivía allí una de ellas y que la otra apenas vendría, pero cada mañana un nuevo miembro de su familia se colaba en la entrada (y eran nueve), así que tardé menos de dos meses en hacer una vez más las maletas y buscar mejor fortuna en una casa en la que esta vez no hubiese lazos de sangre.

Mi tercer piso de estudiante fue el definitivo. Estaba en la Calle Huelgas de Valladolid y su casero, el señor Gamarra, nos aseguró que tenía todas las comodidades que un grupo de buenas chicas como nosotras podían necesitar. Como éramos tres, estaba dotado de tres tenedores, de tres cucharas y de tres cuchillos, con sus correspondientes tres platos y tres vasos. Los excesos no eran lo suyo y el ahorro su filosofía, por lo que los electrodomésticos que lo equipaban tenían una historia que contar y emitían extraños juegos de luces y ruidos que por las noches nos hacían ser extremadamente veloces en nuestras excursiones al baño.

Allí sufrí por primera vez una inundación, por aquella lavadora incapaz de atrapar el suavizante, y descubrí mi incapacidad para planchar, tras provocar heridas mortales en camisas y vestidos. Una de mis compañeras de alquiler solamente nos dejaba poner la calefacción dos horas al día, así que por las noches las sábanas de felpa, tres mantas y un pijama gordo eran los compañeros de sueños y amaneceres, hasta que tras aquel accidente entré en su habitación siguiendo el reguero de agua y me encontré con un enorme calefactor que encendía por las noches mientras nosotras pasábamos frío. Esa mañana decidí dos cosas: no escatimar nunca más en climatización y ahorrar en otros menesteres. Nuestra amistad, por cierto, sufrió tras aquel altercado un golpe del que nunca llegó a recuperarse, pero esa ya es otra historia.

Hoy los mismos bustos parlantes que afirmaron que si llegaban al poder abaratarían la energía nos invitan a cambiar de hábitos poniendo lavadoras de madrugada y planchando la ropa a la hora en la que deberíamos estar planchando la oreja, tras la inexplicable subida de la electricidad un 40% por ciento. Se nota que en su día no vivieron en pisos de estudiante en los que dormir y lavar la ropa no eran compatibles y también que hace tiempo olvidaron que nosotros, al contrario que ellos, mantenemos muy vivas sus palabras y nuestros recuerdos.

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