Silencio

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Silencio. No hables, no te rías, no estudies, no muestres tu rostro, ni tu pelo, ni tus manos. Cúbrete de la cabeza hasta los pies para que nadie te vea, para hacerte invisible. No salgas de casa si no es acompañada por un hombre, no conduzcas, no trabajes, no pienses, no respires, no ames… no vivas. Para los extremistas de cualquier color, ideología, credo o país nosotras somos y seremos siempre el enemigo.

La libertad tiene nombre de puta y por eso Zahara lo canta como un vómito y se viste de virgen o se crucifica como una metáfora que no atenta contra las creencias de nadie, sino que transmuta para devolvernos la paz que nos siguen robando. Nosotras tenemos suerte, aquí los miedos son menores, al menos podemos escribir libremente, gritar, cantar e, incluso, emborracharnos e ir descalzas por calles vacías, pero nuestras hermanas están hoy más solas e indefensas que nunca.

En las guerras las mujeres somos víctimas dobles. Moneda de cambio, maltratadas, violadas, usadas como munición para mellar la moral de invasores o invadidos. Da lo mismo, porque siempre hay un dios, un profeta o un cabronazo que lo justifica, que nos dice cómo debemos vestir, sentir o actuar, haciéndonos creer la semilla del diablo que les habita.

Asistimos atónitos al secuestro de colegios enteros de niñas en Nigeria para ser usadas por sus milicias, a la mutilación genital en 31 países de más de 200 millones de víctimas o a la lapidación por «adúlteras» de cientos de mujeres sin posibilidad de defensa ni de un juicio justo. Una de cada 5 de nosotras es casada siendo menor contra su voluntad cada año y 15 millones de adolescentes han sido forzadas sexualmente en todo el mundo, en muchos casos por miembros de sus propias familias.

Ser mujer en la India, en Afganistán o en Siria es hoy prácticamente una condena de muerte. Le siguen el Congo, Pakistán, Yemen o Somalia, donde un cromosoma nos sentencia a no recibir atención sanitaria, a no poder generar recursos, a ser consideradas meras esclavas o comparsas en el mejor de los casos, a sufrir todo tipo de abusos o a ser carne de tráfico humano.

Las tradiciones, sellos de identidad de una cultura, se visten de luto en aquellos lugares donde se blanden como armas para doblegar a quienes hemos sido llamadas durante siglos «el sexo débil», sabiendo que el problema no es otro que ser la debilidad de los cobardes.

«¿Dónde están las feministas ahora?», dicen algunos tras leer un titular de soslayo en la prensa o ver durante dos minutos un informativo. Son los mismos que desconocen el origen y el alcance de este nuevo conflicto, esos que arguyen que no leen para que no les engañen, que no escuchan para que no les inoculen ideas y que pecan de la misma soberbia ignorante que la de aquellos que agitan hoy sus barbas y sus banderas blancas en las calles de Kabul.

Año 2021 y el mundo se comprime tras los latidos dolorosos de cada nuevo régimen opresivo y medieval que se instaura. Y todos, todos, nos volvemos menos libres y más hipócritas. Ha caído Afganistán y a cada una de nosotras, y de vosotros, nos han herido de muerte.

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