Domingo 25 T.O. (Mc 9,30-37)

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Jesús se conmueve al contemplar a las multitudes que andan como ovejas sin pastor. Pero quiere dedicarse también para el bien de todas las almas, en la formación esmerada de los Apóstoles. Por ello el Señor se retira a lugares apartados y así, con paciencia les explica aquellas cosas que no habían entendido en la predicación al pueblo.

Por segunda vez les anuncia el acontecimiento de su Muerte redentora en la Cruz seguida de su Resurrección. También a nosotros, Jesús nos llama al retiro de la oración y nos instruye, para que, como los Apóstoles hemos de difundir el Evangelio hasta los confines de la tierra.

Jesús para enseñar a sus discípulos el modo de ejercer la autoridad en la Iglesia de la que Cristo es Cabeza suprema, les dijo que vino a servir y no a ser servido. Nuestro Señor para enseñar la humildad que necesitan en el ejercicio de su ministerio, toma un niño, lo abraza y les explica el significado de este gesto. El hecho de acoger en nombre y por amor de Cristo a los que , como este niño, no tienen relieve a los ojos del mundo, es escoger al mismo Cristo y al Padre que lo ha enviado. “Quien a vosotros recibe a Mi me recibe”. No nos damos cuenta que tenemos la dicha, el mérito y el honor de acoger a Jesucristo siempre que nos interesemos eficazmente por todos los hombres necesitados, desvalidos, pobres, enfermos...

Cuando hace años era Capellán del Hospital, algún enfermo me decía: gracias por su visita. Pienso que debía ser yo el que manifestara mi gratitud por visitarlos. Hacer el bien siempre complace a Dios. Tal vez, sin pesarlo, agradamos a Dios practicando las Obras de Misericordia, las espirituales y las corporales. Como el Samaritano del Evangelio empleamos nuestro tiempo con nuestra caridad con obras, sin esperar recompensa. Hacer el bien siempre complace a Dios.

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