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Eran muchos. Caminaban por la carretera despacio, con la luz golpeándoles en los ojos y poca ropa para la mañana fría en la que otros habíamos despertado. Pantalones cortos, vestidos y camisas negros les apretaban las carnes cansadas de bailar durante toda la noche. Parecían cadáveres exquisitos, como aúlla esa canción de Sidonie con prólogo de Serrat, andando como autómatas en mitad de la nada. Eran una suerte de zombis cuyos alientos capturaban las patrullas de la Guardia Civil que los paraban pacientemente para que no obstaculizasen el tráfico. Algunos se atrevieron a ponerse en aquel estado al volante y fueron cazados como polillas osadas cortejando al fuego. Tres chicas sentadas en el asfalto se apretaban las rodillas para calmarse el susto y el frío, mientras los conductores de aquellos artefactos discutían con los agentes con sus lenguas de trapo. Pasé despacio a su lado y sentí lástima; por lo que les ocurriría, por lo que podría haberles pasado, por sus padres y por aquellos oficiales que tendrían que aguantar ya cada noche el mismo circo.   

No esperaba encontrarme con esa escena. Tal vez estaba demasiado dormida o no era consciente de que ya había empezado la temporada en Ibiza. Me había levantado muy temprano para ir al gimnasio y no contaba con ver esa danza arrítmica al incorporarme en la rotonda. Yo, que en otra época podría haber pertenecido a esa tribu de jóvenes sin rostro, estaba ahora al otro lado de la barrera. Sonreí con cierta amargura; ya no pertenecemos al mundo de los que trasnochan, sino al de los que madrugan. Hoy somos las personas responsables de un universo paralelo al que juramos no sucumbir nunca y donde hemos terminado sin remedio presas de los convencionalismos y de la madurez. Hoy no soy capaz de salir de casa si la cama no está perfectamente hecha, los cojines del sofá impecablemente recogidos, todo limpio, ordenado y en perfecto estado de revista. Cada día atesoro más tocs y manías. Sonreí al evocar lo que hubiese pensado hace veinte años de la señora que hoy conducía mi coche. Intenté cruzar la mirada con dos chicas buscando empatizar con ellas, pero solo vi vacío. Mientras conducía despacio, esquivando aquellos cuerpos que se movían lentamente hacia sus hoteles, recreé la escena en otro lugar, con otros compañeros de batalla, y me vi saliendo de la discoteca cegada por el sol y sintiendo el rocío del amanecer helándome los huesos. Pero no, yo nunca fui como ellos. Seguramente seguiría bailando por la calle y girando sobre mí misma, llevaría los zapatos en la mano y trotaría descalza evocando con mis amigas nuestras ocurrencias nocturnas. No, en mi mirada habría luz, nada la habría apagado. Por costumbres de Burgos, llevaría atada a la cintura una chaqueta para enfrentarme al amanecer con ganas y dejarme deslumbrar con su rito iniciático. En mi tribu no había cabida para las drogas, tal vez esa es la gran diferencia de la canción mental que cantábamos. Nosotras, que buscábamos panaderías abiertas donde encontrar bollos o pan recién hecho que llevar a casa medio roído, deshacíamos el camino de regreso con la ilusión de las noches épicas, mientras que entre aquellos rostros no conseguí encontrar la chispa que nos recorría en otro siglo, cuando éramos nosotros los que atravesaban solares y carreteras.

Esa mañana todos aquellos cuerpos eran idénticos: delgados, oscuros y serios. Supuestamente venían de disfrutar de una apertura con la que llevaban tres años soñando, tras una pandemia que les ha robado algo más que la juventud, y, sin embargo, no había vida en sus rostros. Sacudí la cabeza y aparqué en la puerta del mismo establecimiento al que algunos llegaban silenciosos y cabizbajos. Ese día entrené con más ganas que nunca, porque me sentí viva, sana y, sobre todas las cosas, mucho más joven que mañana, convencida de que en esta nueva dimensión que habito todo es mucho más vibrante y real que en la de esos pobres cadáveres exquisitos que solo quieren llegar a beber.