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Gastón Aliern (Rosario, Argentina, 1971), más conocido como el Flaco, ha dedicado buena parte de su vida al tatuaje. Un oficio del que ha sido testigo de su evolución, desde mundo del hampa a la popularidad y normalidad que disfruta en estos tiempos.

—¿Vino a Ibiza como tatuador?
—Bueno, en realidad el primer estudio de tatuaje lo monté en Ibiza. Antes era un tatuador más amateur. Era 1999 la primera vez que vine a Ibiza, llegué con cinco pavos y acabé abriendo una tienda.

—¿Cómo se consigue eso?
—Fue curioso, le pinté el bar a un tipo cerca de la calle de la Virgen. El local tenía como una despensa con una puertecita que daba a la calle y le pedí que me dejara abrir la tienda allí. Me dijo que sí, pero con el tiempo le acabaron echando del local y el siguiente que vino me acosaba continuamente. Yo trabajaba muy bien y le pagaba puntualmente y el tío me acusaba de vender droga para conseguir la pasta. No era así, ¡de ninguna manera!. Me acabé plantando, cerré la comunicación con el bar y me quedé con la tienda.

—¿Cómo empezó a tatuar?
—Yo siempre hice cosas con las manos, fui artesano, aerografista, serigrafista... Con el tatuaje vi que se podía ganar dinero y vivir bien de eso. Es una profesión muy interesante, me encanta y aquí sigo.

—¿Ha trabajado de otra cosa?
—Una vez me metí en la obra. El primer día me dieron unos zapatos para trabajar y al terminar la jornada los devolví tal cual. Eso no era para mí.

—¿Cómo ha evolucionado su oficio en Ibiza desde entonces?
—Los primeros inviernos fueron un poco duros. Apenas hacía un par de tatuajes a la semana. Con los años y a medida que la gente me iba conociendo fue subiendo más el trabajo en invierno hasta el punto de poder cerrar en verano. Ahora trabajo todo el año más o menos igual, pero sigo cogiendo vacaciones en agosto.

—¿En qué momento profesional se encuentra?
— Ahora tengo mi local y voy tirando, no me quejo. Tengo cinco tatuadores, aunque hemos llegado a ser ocho: hay bastante trabajo. Lo que pasa es que Ibiza es un poco complicada, trabajo mucho y gano bastante dinero, pero al final me quedo con muy poco. Conozco a gente que trabaja mucho menos en otros lugares y viven como reyes. Yo me he tirado muchos años remando a tope y cuando no pasa una cosa pasa otra, como la pandemia, que me quedé sin un duro. Aunque también es verdad que a lo mejor yo podría tener mejor economía, pero la verdad es que en Ibiza es más complicado salir adelante que en cualquier otro lugar. Además cada vez se complica más.

—¿Qué momento vive el negocio del tatuaje?
—Es cierto que bajó un poco el trabajo. Hubo un momento de superpoblación de tiendas de tatuaje. Nosotros tenemos un caché y para los trabajos artísticos siguen contando con nosotros. Pero todo el trabajo de calle, el walk in, como le llamamos en el gremio, se lo llevaron otros. Hubo mucha guerra de precios y nosotros somos más caros para ese tipo de trabajos más comerciales, son los que hacen rentable el negocio del tatuaje. La verdad es que yo he tenido mucha suerte. Pero muy buenos tatuadores de mi generación no han podido competir y han cerrado. Ahora hay muchos jóvenes que son buenísimos y con mucha repercusión en las redes sociales. Pero hay otra cara del mundo del tatuaje que para mí es fundamental y que no todos tienen en cuenta: cuidar la higiene, el respeto por el cliente. En este mundo hay mucho pirata que trabaja desde su casa en negro, que con moverse bien en las redes pueden cobrar la mitad que yo y ganar el doble. Antes este oficio se aprendía desde abajo como aprendiz, ahora con un título de Higiénico Sanitario y una cuenta en las redes sociales ya tienes suficiente.

—El mundo del tatuaje siempre perteneció a un mundo más underground.
—Sí, siempre fue una mafia. De hecho yo estuve trabajando con los Hell Angels, que fueron los que introdujeron el tatuaje en España. Ellos eran los que controlaban todo: las convenciones, los materiales que se debían usar (que eran los que ellos vendían)... En esa época manejaban drogas, prostitución y tatuajes: iba todo en el mismo saco. Las tiendas de tatuajes eran oscuras y casi clandestinas. Todavía no se había blanqueado ante la sociedad. Yo me llevaba bien con ellos, de hecho abrí una tienda con uno de ellos en Barcelona, pero también conozco a gente que lo pasó mal. Ahora hay gente hermosa que trabaja hermoso en el mundo del tatuaje, nada que ver con antes, que era un mundo de barbudos malos.

—¿El tatuaje es un arte?
—No, yo lo llamaría artesanía artística. Hace falta tener una técnica y un poco de arte, claro. Pero al final estás haciendo algo para alguien, es un encargo para alguien que sabe lo que quiere. Claro que yo le pongo mi filtro personal, es inevitable, pero lo que hago es lo que el cliente quiere. Aunque yo no esté de acuerdo, si el cliente piensa que debe ir de una manera determinada, ¿quién soy yo para llevarle la contraria?, a lo mejor él sabe más que yo.

—¿Se ha negado a hacer algún trabajo?
—Hubo una época en la que era más objetor de conciencia y me negaba a hacer esvásticas y esas cosas. Pero llegó un momento que ya me la suda: yo tatúo al policía y al ladrón. A ver, si me piden algo muy bestia, «hay que matar a las mujeres» o algo así no lo haría. Pero me pidan lo que me pidan siempre doy lo mejor de mí mismo.

—¿Cuantos tatuajes hace al día?
—Uno por día, máximo dos. Piensa que les dedico un mínimo de tres horas y un máximo de ocho, más toda la preparación. Para trabajar bien no puedo hacer más. Yo hago mucho realismo y me lleva mucho tiempo.

—¿Ha tenido que reparar mucho estropicio de otros tauadores?
—También es una de mis especialidades, sí. Bastantes cada semana.

—¿Qué le recomendaría a quién se esté planteando tatuarse por primera vez?
—Que no empiece por uno grande, a no ser que lo tenga súper claro. Tampoco me gusta tatuar a los jóvenes, a los 18 todavía les va a cambiar el cuerpo, y además a esa edad solo se hacen gilipolleces.

—¿Todos los tatuajes tienen algún significado?
—Siempre, por idiota que parezca algún significado tiene para quién lo lleva. Para bien o para mal.