Cati Ramon en su cafetería. | Toni Planells

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Catalina Ramon (Ibiza, 1971) está a cargo de la cafetería que abrió su familia hace 45 años, Es Vedrane, en pleno corazón de Portmany.

— ¿Nació aquí mismo?
— Bueno, detrás de la barra no (ríe), pero sí que he crecido aquí.

— Entiendo que es un negocio familiar
— Sí, lo abrieron mi padre y mi madre, Vicent y Catalina, en 1960. Antes de abrirlo mi padre había trabajado en el taxi. Lo abrieron más arriba, en lo que después fue la vivienda antes de trasladarlo aquí. Esto era un terreno que estaba cerca y montaron este local unos años más tarde, en 1967.

— Su padre abrió en plena eclosión del turismo, pero no se ve un local dirigido al turismo.
— Hay que pensar que antes apenas había locales para turistas. No era como ahora. Recuerdo que de niña el turismo era más familiar, gente mayor, algunos de ellos venían cada año. Aunque la verdad es que yo era pequeña y no prestaba mucha atención.

— ¿Trabajó aquí siempre?
— Normalmente ayudábamos mis dos hermanas y yo en lo que hiciera falta. Siempre hacía falta que nos pasáramos un rato para una cosa u otra. Mis hermanas trabajan en otros lados, yo también estuve trabajando en otros lados antes de venir aquí.

— ¿Desde cuándo lo lleva usted?
— Mi madre trabajaba aquí y, por circunstancias de la vida, salí de otro trabajo para echarle una mano. Por desgracia, al mes de estar yo aquí, ella nos dejó. Para no tener que cerrar puertas, esto había estado abierto desde siempre, le propuse a mi marido, Toni, que si lo gestionábamos los dos. Desde entonces han pasado ya 20 años.

— ¿Ha cambiado mucho desde entonces?
— Sí, como en todos lados. Los tiempos han cambiado y todo cambia. Antes había un tipo de gente y ahora hay otro. Pero aquí no nos podemos quejar, ya ves que vivimos de esto.

— ¿Qué tipo de gente había antes?
— Me refiero a gente más trabajadora, aunque ahora sigue habiendo trabajadores la cosa ha cambiado bastante.

— ¿En qué sentido han cambiado las cosas?
— Pues la verdad es que a mí no me va mal, pero sí que es verdad que las cosas no han cambiado para bien. Se trabaja mucho pero no se gana dinero, antes trabajando menos se ganaba más. Además el dinero cundía, ahora eso no pasa.

— ¿Sigue trabajando como trabajaban sus padres?
— No. Antes hacían menú y comidas. Ahora nos centramos en cubrir las mañanas. Abrimos de 7 a 17 horas y ya no hacemos menú. Estamos mi marido y yo solos, que para poner personal hay que trabajar mucho.

— ¿Siempre ha mantenido este horario?
— No. Hemos organizado este horario desde la llegada de la pandemia. Sin embargo antes tampoco es que cerráramos muy tarde. Siempre nos hemos centrado más en los desayunos.

— ¿Cómo han vivido la pandemia?
— Como todos. Se ha notado, claro. Cerramos puertas cuando hubo que cerrarlas, y a esperar que la cosa mejorara. Hemos tenido que apretarnos bastante el cinturón desde entonces. La pandemia ha hecho mucho daño.

— ¿Nota algún tipo de recuperación al respecto?
— Poco a poco vamos aguantando. La verdad es que la cosa no está para tirar cohetes pero aquí seguimos.

— ¿Le afecta de alguna manera el turismo de excesos que frecuenta Sant Antoni?
— No te creas que nos afecta mucho. Nosotros estamos un poco lejos de su zona de influencia, aquí no hay lo que hay por allí abajo. En cambio sí que hay turismo español, aquí lo notamos más.

— ¿Es optimista cara al futuro?
— Hombre, hay que serlo. Pienso que la cosa solo puede ir a mejor.

— Usted representa la segunda generación al frente del negocio. ¿Habrá tercera generación?
— No. Mis hijos, Vicent y Toni estudian y hacen otras cosas. Vicent, que tiene 18 años, está estudiando Ingeniería Civil; Toni, que tiene 24, trabaja. Ninguno de los dos se ha animado a venir a ocuparse de esto. La verdad es que yo prefiero que estudien y que se dediquen a lo que quieran.