Albert Tur ante la entrada de su tienda. | Toni Planells

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Albert Tur (Ibiza, 1965) regenta, junto a su hermana, la tienda familiar Sucursal San José, en la avenida España de Vila. Una tienda que ha sido testigo de los cambios que ha sufrido la ciudad a lo largo de las décadas.

—¿Desde cuándo trabaja en esta tienda?
—Bueno, cuando éramos pequeños, al salir del colegio, ya veníamos a la tienda a pasar la tarde y a dar una manita. Con el tiempo hemos ido creciendo, hemos seguido con la misma rutina y aquí continuamos.

—¿Quién la abrió?
—Mi padre se la quedó cuando aún era soltero. Quién abrió la tienda no fue él. Mi padre entró de empleado de Can Puvil, que era el propietario de la pastelería San José y abrieron esta tienda como sucursal de la que tenían cerca de la calle de las farmacias. No sé decirte cuándo la abrió el viejo Puvil. Cuando murió se hicieron cargo sus hijos, Pepito, Carlos, Vicent y Albert. Mi padre se la quedó en 1963.

—¿Siempre se dedicó a la tienda?
—He hecho otras cosas, pero siempre como actividad complementaria. Por la noche en algún bar, como monitor de natación y cosas de esas. Pero mi trabajo principal siempre ha sido la tienda. Aquí estoy con mi hermana Patri y, ocasionalmente mi hermano Vicent nos echa una mano.

—¿De qué casa es usted?
—Mi padre es de Can Canonge y mi madre de Can Soldat. Juanito y Maruja, ellos regentaron el negocio durante toda su vida. Mi madre compaginaba la tienda con sus cinco hijos.

—Desde esta ubicación ha podido ver cómo cambiaba el paisaje urbano de Vila desde primera línea.
—Sí, aquí delante mismo, dónde está el Consell, estaba el antiguo Hospital Insular. Se había empleado como asilo, como psiquiátrico, como casa de salud. [Señala una foto aérea antigua de la zona] Como puedes ver a partir de aquí, desde el edificio de Can Bellet, era todo campo cuando se abrió la tienda.

—Pero usted no conoció eso.
—No. De cuando yo era pequeño recuerdo las calles sin asfaltar y que a partir de Can Vadell todo eran solares que se han ido construyendo a través de los años. No existía ni el Mercat Nou, entonces era una pista en la que se hacían los exámenes de conducir. Recuerdo que jugábamos en ese solar y en el que después hicieron el campo de fútbol.

—¿A qué colegio iba?
—Íbamos a Sa Graduada, que estaba dónde ahora han hecho los nuevos juzgados. Prácticamente ese era el límite de la ciudad, junto con el instituto o la Delegación del Gobierno. Después, para llegar hasta Juan XXIII, había que cruzar un buen tramo de solares y barrizales.

—Esta tienda ha sobrevivido a los tiempos. ¿Cuál ha sido la fórmula?
—Bueno. Es verdad que estamos situados en una arteria importante dónde pasa mucha gente que viene de Figueretes. Pero lo principal es que trabajamos mucho con el vecindario. Somos una tienda de barrio.

—¿Ha visto cambiar mucho el vecindario?
—Desde luego. En un principio todos los vecinos eran gente ibicenca de toda la vida. De hecho toda esta gente conocía la tienda como Can Juanito, que es el nombre de mi padre. Ahora de esos ibicencos solo quedan los hijos y el que no ha vendido el piso lo usa para alquilar. El vecindario ha ido cambiando desde la primera ola de inmigración, que fue a principios del turismo con los peninsulares. Los que llamábamos mursianus. Ahora es una mezcla de nacionalidades: magrebíes, ecuatorianos, algún rumano... Ahora los ibicencos somos minoría. Lo que se ha mantenido es que siempre ha sido un barrio de gente humilde y trabajadora. De buena gente.

—¿Este perfil de cliente influye en su modo de trabajo?
—Claro. Abrimos a las 6:30 de la mañana, nuestra clientela son currantes, pintores u obreros que antes ir a la obra vienen a por el bocata del almuerzo. También tenemos a familias que vienen a buscar el almuerzo de los hijos para el cole. Piensa que la relación que tenemos con los clientes crea un vínculo especial, conoces sus nombres y sus vidas.

—¿Sucede esto con todo el vecindario? (me refiero al Consell)
—Lleva aquí muchos años y sí, tenemos clientes entre el funcionariado. Puntualmente puede pasar algún cargo, pero no es lo habitual. Es más, tengo como una espina clavada respecto a la promoción del comercio local que se hace desde las instituciones: no recuerdo a ningún president del Consell ni alto cargo que haya entrado en la tienda.

— [De las paredes de la tienda cuelgan algunos cuadros. Un par de ellos representan un sello con el nombre de la tienda] ¿Estos cuadros?
—Bueno los hice yo. Este es el primer sello de la tienda. Este otro es de cuando ya éramos una S.L.: Tur Juar. Un error en la notaría nos cambió el nombre de Juan por Juar, y así quedó. Ahora somos una C.B.

—Hay más cuadros. Es evidente que tiene una vena artística.
—Piensa que estando aquí todo el día, el rato que tienes para ti mismo hay que dedicarlo a algo te llene. A mi me llena hacer cosas con las manos, es mi afición. También hago cosas de carpintería y de mecánica. Además, gracias a que vivo en el campo, me gusta cuidar de los árboles, tener un huertito ecológico y esas cosas

—¿Cómo ve el futuro?
—(Ríe) El futuro no existe. Por el momento, mantenernos tras años de mala racha que llevamos ya tiene bastante mérito: la llegada de las grandes superficies, la incorporación de los puntos calientes (que revolucionaron la venta de pan), la crisis de 2008, la pandemia, subidas de precios... Aguantamos a base de horas y recortar beneficios. La intención es poder jubilarnos aquí pero quién sabe.