Vicent ‘Berris’ frente a la iglesia de Es Cubells. | Toni Planells

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Vicent Marí, ‘Berris’, (Es Cubells, 1941) ha sido testigo de la evolución de su pueblo, Es Cubells. Allí nació en plena postguerra y vivió en su niñez los tiempos de escasez que atravesó la isla durante esos años y hasta la llegada del turismo.

— ¿Dónde nació?
— Nací en Can Berris, en Es Cubells. Mi padre, Pep, era de esa casa y mi madre, María, era de Sant Josep, de Ca na Rosa. En casa, como en todos lados, éramos todos agricultores. En mi familia, ni en Can Berris ni en Ca na Rosa, hubo nadie que se dedicara de lleno a ser pescador. Lo que se hacía en esa época era cuidar de las pequeñas fincas que teníamos, y trabajar la madera haciendo carbón.

— ¿Tiene usted recuerdos de esa época?
— ¡Ya lo creo que sí!. Eran años en los que no había dinero ni trabajo. Además, en caso de que hubiera algo de dinero tampoco tenías en qué gastártelo. La única industria que había en Ibiza era la sal, y era solo en la temporada. Durante un par de meses necesitaban a más de cien trabajadores, pero pasados esos dos meses ya se acababa ese trabajo. Entonces, quienes tenían terreno se dedicaban a hacer madera. Se tumbaban los árboles y se embarcaba la madera más gorda. Con la más pequeña lo que se hacía era carbón.

— ¿Hizo usted carbón?
— ¡Sí!. Era niño, pero me acuerdo como si fuera ayer. Iba con mi padre a hacer una ‘sitja’ al bosque. Recogíamos la madera y hacíamos un montón con ella, bien colocada, eso sí. Después se tapaba bien y, cuando estaba lista, hacíamos la barraca para poder dormir allí. Hay que tener en cuenta que se tardaba una semana entera en tener el carbón listo y había que estar allí todo el tiempo, vigilando que no pasara nada. Me hacía mucha ilusión dormir con mi padre en la barraca, encima de los sacos de paja. Los de casa nos traían comida: patata cocida, legumbre, pan y queso. Todo lo que hacíamos en casa.

— ¿Y huevos?
— No. Huevos no nos traían. Aunque teníamos en casa no los comíamos. Los vendíamos. Solo me dejaban comer un huevo al año, por mi santo, Sant Vicent. A la fecha del cumpleaños no se le hacía ni caso. El día importante era el santo, y yo lo celebraba comiéndome un huevo estrellado. Piensa que, yo no la viví, pero los mayores me contaban que durante la guerra había comida, que la miseria llegó después. En Ibiza hubo mucha. No había de nada, ni arroz, ni azúcar, ni aceite... Todas las cosas básicas que venían de fuera llegaban a cuentagotas. Por mucho dinero que tuvieras no había ni donde comprarlo.

— ¿Recuerda qué era lo más habitual en los platos de esos tiempos de la postguerra?
— Claro, lo único que se podía comer en abundancia era el pescado. Había muchísimo, no como ahora. Todo aquel que podía iba a pescar o a comprar lo que pudiera. Se pescaba mucho con dinamita. ¡Pero mucho!. Había tanta escasez que, aunque estaba prohibido, las autoridades hacían la vista gorda. Ellos también tenían que comer.

— ¿Era fácil hacerse con dinamita?
— Mucho. Era como quien compra arroz. Solo tenías que decir que la necesitabas para romper piedra y te la servían sin más problema. La tenían en dos tiendas de Vila, en Can Patricio y en Can Murenu. Yo habría ido más de cien veces. Allí donde veías el resplandor de las salpas, le metías el bombazo y ¡ala!. Pero eso no era pescar, era ir a por pescado.

— Eran tiempos difíciles para buscarse la vida, ¿recuerda haber visto contrabando?
— ¡Buf!: ¡En todas las casas!. Pero no con lo que se hace ahora. Se hacía contrabando de tabaco, de café o de algunas bebidas alcohólicas que venían de Argelia. Pero nada de drogas ni cosas de esas. Casi todo el mundo en el campo tenían a alguien trabajando en eso.

— ¿Participó usted en estas actividades?
— Alguna vez acompañé a mi suegro. Él sí que había trabajado, yo era muy joven y no me dejaban ir con ellos, me dejaban durmiendo en una caseta en Cap Llentrisca mientras ellos iban a por los sacos por la noche, lo escondían en algunas cuevas para llevarlo a Vila más tarde.

— ¿Cuándo comenzó a trabajar?
— A los 16 años. Mi primer trabajo fue construyendo la iglesia de Es Cubells, después el seminario de al lado. Me pagaban una miseria, eso sí, pero fue el primer dinero que vi en mi vida. Me lo gasté en una bicicleta. Cuando la llevé a casa vinieron todos los vecinos. Fue todo un acontecimiento. Acabé trabajando en la construcción media vida, hasta que empecé a trabajar de mantenimiento en la casa de unos suizos aquí, en Es Cubells. Eran una gente maravillosa y cercana, pero cuando se quedó la casa el hijo ya fue otra cosa y me jubilé.

— ¿A qué dedica su jubilación?
— A pasear. He ido con Catalina, mi esposa, por todos lados: España, Francia, Suiza y también mucho a Brasil. Allí fue mi hermano Pep, y mi hermana María con su marido, en esos tiempos de hambre que te hablaba. Mi hermana volvió, pero Pep se quedó allí para siempre, hasta que murió.

— ¿De dónde sacó a su Catalina?
— De Can Xanxu, que era una casa en la que vendían de todo y se jugaba a las cartas. Ella era una de las hijas. Allí se jugaba a la ‘manilla’. Lo que nos jugábamos era la bebida, no más. El dinero y las tierras se lo jugaban al ’munti’, que, aunque estaba prohibido, quienes tenían un bar con una puerta trasera o un cuartito discreto, sí que organizaban partidas. Además, las bebidas que nos jugábamos a la ‘manilla’ no te creas que eran cervezas. Entonces no había, tampoco había café. Ni siquiera había cafeteras. Solo había hierbas, frígola, vino (que hacíamos nosotros mismos) o coñac (que se vendía a garrafas).