Bitácora de una distopía

Animales extraños

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Animales extraños.

Animales extraños.

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EEl hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Dicen que no es por falta de inteligencia o de capacidad, sino porque nacemos con un plan de vida que nos lleva a recaer varias veces en los mismos errores sin ser capaces de aprender de ellos. Como dice el presidente del Gobierno, la realidad es que no tenemos un «plan B», por lo que terminamos comportándonos como los adolescentes personajes de La Llamada: «Lo hacemos y ya vemos». Por eso este fin de semana hemos salido a las calles en manada sin importarnos el esfuerzo de estos 51 días confinados, de nuestros sanitarios, sin recordar a los 25.000 muertos que no podrán volver a cantar la canción del verano y sin asumir que volvemos con una economía tan despeluchada como la de hace un siglo, cuando olía a guerra entre hermanos.

Ya lo ven, no hemos aprendido nada, y este fin de semana muchos han fingido ser runners, que es uno de esos anglicismos que usan algunos para evitar decir que son corredores, porque parece que tiene menos glamour y es demasiado castizo, o español, que parece que también es algo malo, mientras que por las mañanas preparaban muffins o brownies, o lo que vienen siendo magdalenas y bizcochos de chocolate para mojarse las ganas de vivir en el café.

El kilómetro de distancia permitido a los paseantes se convertía en papel mojado y cientos de personas invadían como en The Walking Dead la playa de Talamanca como si fuese la Noche de San Juan, dejándonos a los cuatro gatos que habitamos el barrio en invierno temiendo que en una comparecencia sorpresa se hubiese abierto el espacio aéreo y se tratase de un éxodo improvisado de turistas.

Antes de volver a casa desolados, asumiendo que nada de esto ha terminado y que tendremos que aplaudir desde los balcones durante mucho tiempo, pudimos ver a familias al completo tumbadas en la arena o haciendo corrillos entre ella, mojándose los pies en el agua e invitándose a sus casas a una barbacoa esta semana a los colegas. En otro grupo, un italiano ligaba con tres chicas en bikini recordándoles que cuando quieran les abrirá las puertas de su mansión para poder darse un chapuzón en su piscina; y un banco más allá, unos jóvenes se pasaban una litrona de la que bebían a morro al amparo de una música que no aportaba nada.

Los perros saltaban en una zona que solo les está permitida según la ordenanza municipal de octubre a marzo, pero claro, hay quienes creen que el desconocimiento es libertad, y así nos va. Lo que no leemos o no sabemos parece que no nos atañe. En los escasos metros que nos separaban de nuestro refugio, nos cruzamos con una pareja que casi nos rozó, con unos señores demasiado mayores para no llevar mascarilla y con patinadores y ciclistas invadiendo la acera a pesar de la soledad del flamante carril bici.

No sé si el calor nos ha achicharrado la cabeza de repente o si se nos ha olvidado que ahí fuera hay un virus que se contagia con la mirada y que no sabemos cómo se comporta, si desaparecerá con el verano como la gripe que nunca fue o si reaparecerá con un nuevo brote que volverá a ‘confitarnos’ entre pasteles en nuestras casas, pero lo que les juro que no entiendo es la facilidad de las personas para olvidarse de que lo que nos espera es una ‘no normalidad’. Una forma nueva de concebir el mundo, muy distinta de la que estamos habituados, con mascarillas, guantes y sin abrazos, muy distinta de la que hemos visto rodar por nuestros Paseos Marítimos este fin de semana. El mar nunca es el mismo y, sin embargo, la estupidez siempre se pasea con la misma cara de gilipollas.

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