Rojo que te quiero Rojo

El pintor Mario Arlati publica con la Fundazione Stelline un libro dedicado a este color con textos de Julio Herranz y Antonio Colinas, entre otros autores

| Eivissa |

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Julio Herranz y Mario Arlati hojean el libro recién editado por la Fondazione Stelline.

Julio Herranz y Mario Arlati hojean el libro recién editado por la Fondazione Stelline.

09-08-2012

La década de los noventa del pasado siglo vio nacer en Eivissa un proyecto que unía las obras de un pintor, Mario Arlati, y tres poetas, Antonio Colinas, Julio Herranz y Toni Roca. Cada uno de estos tres últimos recibió la tarea de trabajar sobre un color, que Arlati plasmaría pictóricamente. Así surgió una idea que desde el pasado año está viviendo una continuación, recogiendo a sus participantes originales, pero también atrayendo hacia sí (Mario Arlati tiene esa especie de imán) a nuevos componentes.

Si el pasado año fue el azul el protagonista, con la celebración de Las Noches Azules en el Oratorio della Passione de la Basílica de San Ambrosio de Milán o en la localidad de Santa Giustina, este 2012 el turno le ha correspondido al rojo con la organización de una exposición en la milanesa Fundazione Stelline (que se celebró entre los días 29 de junio y 21 de julio y en la que Arlati ha presentado 22 obras), varias conferencias y un libro que recoge la experiencia casi al completo.

El volumen incluye un texto de Julio Herranz, cuyo título encabeza esta página, y que comienza con toda una declaración de intenciones: «Los colores no son inocentes, ni siquiera en la naturaleza; y tienen intenciones cómplices con el hombre, a quien sirven interesadamente para secundar sus objetivos»; también firma el poema Máquina y pulso, una pieza con la que el poeta quiere «sintetizar que la vida finalmente se refleja como metáfora en el bombeo del corazón; pensamos que la vida es un milagro y se puede reducir a un simple movimiento de la sangre, a una metáfora de la pasión». Junto a Herranz figura también Antonio Colinas con el poema Junto al muro.

«El rojo —explica Arlati sentado junto al mar y con Dalt Vila como telón de fondo— es el único color animal de la escala cromática, todos los demás son minerales. Ahora, con la ayuda de una neuróloga, hemos descubierto que hay una capacidad evocativa de un veinte por ciento más con este color; genera más emociones que cualquier otro y estamos trabajando para ver si el arte y al cromoterapia pueden tener una relación». Un reflejo de la actividad de Arlati, quien parece incapaz de detenerse en un solo aspecto en cada uno de sus proyectos, siempre intentando extraer hasta la última posibilidad.

Por ello no es extraño que en el libro se incluya un texto de dicha neuróloga, Gabriella Bottine, firmado conjuntamente con el también neurólogo Eraldo Pauleso. Pero también encontramos las reflexiones de la psicóloga Alessia Lanzi, del cirujano cardiovascular Paolo Biglioli o del doctor Frncesco Giuseppe Arlati. O las fotografías de Giovanni Gastel, que desgranan una sugerente relación entre la mujer y el rojo.

«Hay mucha maneras de enfrentar el tema del color, porque todos tienen una fuerza, lo importante es buscar y encontrar la sensibilidad para explicarlo», razona Arlati, quien no esconde que muchos de los colores de su obra surgen de aquellos que disfruta desde su casa en ses Salines. «Con Las noches azules colocamos un pedazo de Eivissa en una basílica milanesa. Intento explicarlo desde muchos caminos, incluido este cóctel de palabras, emociones y colores».

«Como buen mediterráneo, Mario es una persona apasionada —añade Herranz—. Con el azul se pone más lírico y espiritual, y con el amarillo refleja el color del campo. Pero creo que su favorito es el rojo, porque le puede, le tira la pasión, que es a la vez su virtud y su pecado».

Y cuando se pregunta a Arlati sobre cuál es el recorrido para esta nueva fase de su acercamiento a esos tres colores, el azul, el rojo y el amarillo, su respuesta es inmediata y sincera: «No lo sé». Una indicación de ese alma inquieta, siempre dispuesta a arrancar nuevos proyectos, de superponerlos y llevarlos a buen fin aunque, eso sí, siempre zambullido en un mundo lleno de colores.

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