Dolors Udina: «La traducción permite a los lectores vivir otras vidas»

La traductora de más de 200 obras, principalmente del inglés al catalán, cierra mañana el ciclo ‘Escriviure’ en Santa Eulària defiende su oficio: «Sin él, seríamos más pobres y estaríamos más encerrados».

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Dolors Udina.

Dolors Udina.

La decimosegunda edición del ciclo de conferencias literarias Escriviure, que organizan de manera conjunta la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana (AELC) y el Ajuntament de Santa Eulària des Riu, finalizará mañana con la intervención de la reconocida traductora Dolors Udina con la conferencia Traduir per llegir: Un passeig per l’obra de cinc escriptores (Jean Rhys, Elizabeth Barret Browning, Elizabeth von Arnim, Alice Munro i Virginia Woolf).
Dolors Udina (Barcelona, 1953) se licenció en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad de Barcelona (1976). Estudió inglés en ESADE y en 1987 Columna le encargó traducir Ancho mar de los Sargazos de Jean Rhys. Luego traduce El amigo reencontrado de Fred Uhlman. Y desde entonces ha traducido más de 200 títulos, en su mayoría del inglés al catalán.

Así, ha traducido a, entre muchos otros, Jane Austen, Virginia Woolf, J. R. R. Tolkien, Ralph Ellison, Toni Morrison, Raymond Carver, Isaiah Berlin, Nadine Gordimer, J.M. Coetzee, Cynthia Ozick o Alice Munro. En 2008 fue galardonado con el III Premio Esther Benítez por la traducción al catalán de Diario de un mal año (2007), de J.M. Coetzee. En 2014 ganó el Premio De Traducción Crítica Serra d’Or por la adaptación catalana de La señora Dalloway (2013) de Virginia Woolf.

Dolors Udina combina su obra, muy relevante, como traductora literaria, con la docencia en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona. Entre 2000 y 2005 fue editora de la versión catalana de la revista digital The Barcelona Review. Es miembro del Grupo de Estudio de Traducción Catalana Contemporánea de la UAB, miembro de la Cátedra de Traducción de Jordi Arbonés y miembro del jurado del Premio Jordi Domínguez de Traducción de Poesía. Ha publicado y publica artículos en revistas y periódicos como La Vanguardia, Diario de Mallorca, Diari de Barcelona y El País, Revista de arqueología y Quimera.

¿Cuándo y por qué empezó a traducir?


—Hace ya muchos años. Era muy aficionada a la lectura y me pareció que la mejor manera de vivir leyendo era dedicándome a traducir. Es un trabajo vocacional que exige mucho esfuerzo, paciencia investigación, pero que procura una gran satisfacción intelectual.

¿Cuáles son las principales aportaciones de la traducción a la cultura?

—La traducción es un medio natural para compartir el conocimiento y transmitir la información necesaria para la supervivencia y el desarrollo cultural y material de las sociedades. Sin traducción, no habría transmisión de pensamiento ni renovación del mismo y no podríamos leer a la mayoría de autores que escriben en lenguas que no conocemos. Seríamos más pobres y nuestra cultura quedaría encerrada en sí misma. Como dijo José Saramago: «Los escritores hacen la literatura nacional, los traductores la universal». Gracias a la traducción, los libros tienen más de una vida y permiten a los lectores vivir otras vidas.

Defina una traducción bien hecha.

—La que es capaz de transmitir la potencia y la energía del texto original sin traicionar el estilo del autor. Siempre es más fácil encontrar los errores de una traducción que darse cuenta de los aciertos, que pasan desapercibidos pero que son los que permiten al lector disfrutar de la obra.

¿Cómo está la profesión?

—Parece que empieza a reconocerse la labor de los traductores. Hay algunas editoriales que valoran la intervención capital de quien traduce un libro y, además de poner su nombre en la portada, lo tratan como un colaborador indispensable. Durante muchos años, la imagen del traductor era la de un ser oscuro encerrado en casa rodeado de diccionarios que hacía su trabajo sin hablar nunca con nadie, lo entregaba a la editorial y aquí terminaba su función. Actualmente, solemos contar en distintos foros en qué consiste nuestro trabajo y creo que los lectores tienen cada vez más conciencia de que entre el autor del libro que leen y el resultado final hay un intermediario que ha escrito de nuevo el texto palabra por palabra.

¿Con qué autor se ha sentido más cómoda y con cuál ha encontrado más dificultades?

—Traducir nunca es fácil. Si el autor parece fácil, normalmente es porque ha dedicado muchas horas a buscar la apariencia de sencillez. Lo mismo ocurre traduciendo, por lo que me cuesta asociar el concepto de comodidad con la traducción. Pienso en Alice Munro, por ejemplo, una autora que parece que escriba de corrido pero que exige una concentración extrema para conseguir dar cabida en un párrafo a todo lo que sugiere. La autora que más me ha costado (y gustado) traducir es sin duda Virginia Woolf, de quien traduje La señora Dalloway, una obra erizada de dificultades que, una vez superadas, abre horizontes insospechados.

¿Interactúa con los autores?

—Sí, en algunas ocasiones. No siempre es fácil ponerse en contacto con un autor porque muchos de ellos están muy protegidos por sus agentes. Me ha ocurrido a menudo que, al intentar redactar la pregunta que querría hacerle al autor sobre algo que no entiendo o no me queda claro en el texto original, he hallado la solución. Por otro lado, me da cierto pudor molestar al autor si hace tiempo que ha escrito el libro y está ya en otra cosa. Desde luego, cuando puedes preguntar y el autor recibe las preguntas con agrado, te da mucha seguridad.

¿Qué es lo que más le agradece a su oficio?

—La satisfacción de la obra bien hecha. Lo más agradecido es cuando algún lector me hace saber que ha disfrutado con un libro en el que me he esmerado para sacar lo mejor de mí.

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