Opinión/Lucas Ramon Torres, sacerdote

Domingo IV T.O. (Lc. 4,21-30)

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Las primeras palabras del Evangelio que se ha proclamado, muestran la autoridad con que Jesús hablaba y explicaba las Escrituras. El Antiguo Testamento no se puede entender rectamente sino a la luz del Nuevo Testamento. El A.T. es la promesa y el N.T. es el cumplimiento de la promesa. Las principales profecías del A.T. se refieren a Jesús y en El tienen su cumplimiento. En el capítulo 24 de San Lucas, en el que se despide de sus apóstoles, les dice: «Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí». Entonces les abrió el entendimiento para que aprendiesen las Escrituras.

Los habitantes de Nazaret al principio escuchan con agrado las palabras llenas de sabiduría de Jesús. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?» Pero muy pronto recelan de él sus conciudadanos. Le exigen que haga allí milagros como han oído que hizo en Cafarnaúm. «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria». La actitud de Jesús les hiere en su orgullo hasta el punto de que quieren matarlo. Pero para entender de verdad a Jesús debe preceder la humildad y una seria resolución de ponerse en manos del Señor.

Una de las bienaventuranzas es: «Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. El que se humilla será enaltecido, y el que se enaltece será humillado», dice el Señor.

Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.

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