Un joven con un móvil en la mano. | Imagen de Alexandra_Koch en Pixabay

Vuelve a hacerse viral otro controvertido contrato de un padre (en este caso también es juez) que pretende hacer firmar a su hija de 12 años para controlar el uso del móvil. La polémica en este caso se produce por las condiciones leoninas que el progenitor impone para que la menor pueda disponer del dispositivo.

Identificar si se tienen claros y consensuados los acuerdos y tiempos de uso, definir qué tipo de aplicaciones se pueden usar y cuáles no, reflexionar sobre cómo suelen gestionar sus propiedades y también evaluar si nosotros como adultos somos un buen referente al que imitar puede ser una parte importante.

Pero poner el foco en los contratos o las normas de usos inicialmente puede ser insuficiente, antes de reglamentar deberíamos identificar las capacidades que tiene el niño o la niña para gestionar la información a la que va a acceder a través del teléfono. Uno de los cambios más significativos que se ha producido en la era Smartphone es el acceso inmediato a contenidos. En una veintena de años se ha evolucionado de la carencia al exceso, pasando a tener mucha información y desinformación con una gran dificultad para gestionarla. En ocasiones, para los jóvenes la tecnología es su principal fuente de información y yacimiento de aprendizajes sobre temas como la sexualidad, las drogas, la alimentación, la política, etc. con todo el riesgo que esto conlleva.

La estadística refleja que alrededor de los 12 años muchos niños ya tienen en posesión su primer teléfono inteligente y que usan contenidos recomendados para edades superiores a la que tienen. Cuando preguntas a las familias por qué han dado un teléfono a su hijo, suelen fundamentar la decisión con aspectos relacionados con la seguridad y el control: «- Se dónde está…, - Puedo localizarlo… - Me puede avisar si tiene algún problema…, etc.». Cuando le preguntas a los jóvenes por qué quieren un móvil, suelen responder con temas relacionados con la comunicación con los amigos y la independencia: «-Estar enterado de lo que pasa…, - Compartir cosas con los demás… - No depender de mis padres..., etc.» Teniendo en cuenta estos aspectos podríamos entender que los fundamentos de uso son muy diferentes entre padres e hijos.

Sería un error pensar que con imponer fuertes normas es suficiente, dado que la experiencia nos demuestra que legislar sin concienciación nos es suficiente. Verificar si nuestro hijo tiene capacidad para autogestionar el acceso a la información que ofrece un teléfono inteligente sería el primer paso para llegar a acuerdos de usos. Por lo tanto, no sería una cuestión de normas, sino de madurez.

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