El presidente del PP andaluz y presidente electo de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno (i) y el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo (d), durante una reunión de la Junta Directiva Nacional del PP, en la sede del PP. | Gustavo Valiente - Europa Press

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El no por esperado menos sorprendente triunfo de Juanma Moreno en las autonómicas andaluzas ha supuesto tremendo aldabonazo en la frente de Pedro Sánchez y de su entorno de fieles lacayos, todos ellos demasiado habituados a negar la molesta realidad. Solo Adriana Lastra, it girl de la moda poligonera, ha tenido el coraje de seguir sosteniendo que la tierra es plana, aunque no por ello le falten seguidores dispuestos a inmolarse por tan pintoresca tesis.

Lo cierto es que los socialistas llevan fatal eso de haber perdido el cortijo andaluz en el que camparon a sus anchas durante cuarenta años, y más cuando ni siquiera han conseguido su objetivo subsidiario, que Vox fuera decisivo, como suspiraban en privado y abjuraban en público.
Pero el análisis de la abultada victoria de Juanma Moreno no puede disociarse de un elemento clave, mal que le pese al PP mesetario de Casado y compañía: el toque.

Lo desveló el propio Moreno Bonilla en sus primeras entrevistas del lunes, cuando aseguró que el éxito de su propuesta se fundamentaba en el centrismo, la moderación y un toque andalucista. Repasen las imágenes de la noche electoral, cuando el renovado presidente de la Junta de Andalucía aparecía rodeado de banderas blanquiverdes, con algún oportuno aderezo rojigualdo.
El PP de Núñez Feijóo es distinto del de Casado, Aznar o del infausto José Ramón Bauzá. En Madrid podrá hacer un discurso distinto, pero en Galicia o en Andalucía tiene claro que debe acercarse al carácter propio de la tierra, como hizo aquí en su día Biel Cañellas, que por algo era conocido como l’amo en Biel.

Aznar laminó todo eso en un momento en que los hados le fueron favorables, pero ahora el discurso centralista de la derechona más rancia ya solo vende entre los seguidores de Vox, formación que tampoco es que esté para echar cohetes tras el frenazo del domingo. La pregunta que hay que hacerse es si el PP balear puede abarcar una mayoría tan amplia como el andaluz, y ya les adelanto que no. El centro político balear –una vez que Cs ha recibido ya la extramaunción– es más plural que el gallego o el andaluz. Claro que el PP puede intentar recuperar la idiosincrasia y carácter singular perdidos con Cañellas. De hecho, lo tenía fenomenal con Biel Company, pero a Casado todo lo que no fuera la España una, grande y libre le daba repelús y veía pérfidos nacionalistas en quienes únicamente pretendían dar al PP balear el mismo toque que Feijóo o Moreno en sus respectivas comunidades.

El problema añadido es que el balearismo no ha existido jamás, y para el PP asumir un toque de mallorquinismo político le puede resultar contraproducente para sus intereses en el resto del archipiélago.

De manera que, si el PP quiere gobernar en 2023, probablemente tendrá que esperar que a la opción centrista local que se está construyendo en Palma y muchos municipios de la isla le vaya muy bien en las urnas y que haya la adecuada sintonía entre sus dirigentes para conseguir formar gobierno sin la necesidad de depender de las veleidades extremas de Vox, especialmente si finalmente el candidato ultraconservador es Jorge Campos y no Fulgencio Coll.

La pregunta final es qué hará el PI. Habrá que ver si en su seno predomina la opción más pragmática o la de morir en las urnas de un ataque de identidad.