Marilina Juan en su puesto del mercado de Santa Eulària. | Toni Planells

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Marilina Juan (Ibiza, 1961) es de Can Mateu, Sant Carles. Allí tiene su huerto y sus invernaderos en los que produce buena parte de los productos que vende en su puesto del mercado de Santa Eulària.

—¿Cuánto tiempo lleva en el mercado?
—Soy una de las más antiguas. Llegué poco después de que lo abrieran. Calcula que si lo abrieron hace 35 años yo llevaré unos 31. El puesto de María de las verduras, el de la charcutería o Inés de los frutos secos son más antiguos que yo.

—¿Cómo va la cosa en el mercado de Santa Eulària?
—La verdad es que muy mal. Eso ya se sabe, si la gente no viene qué le vamos a hacer. Tú vete al Mercadona y verás qué ambiente hay allí. El precio no es el mismo, pero es que la calidad tampoco.

—¿Sale a cuenta un puesto en este mercado?
—Sí sale a cuenta, por lo menos para los que nos dedicamos a la verdura, es gracias a lo que traemos de casa. Eso es mucho trabajo: por la mañana aquí y por la tarde en el huerto, no te creas que es poca cosa. Quién se atreva a probarlo que lo intente.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando de esta manera?
—Llevo 30 años a este ritmo, no es broma. A mis 60 años ya no hace tanta gracia. Lo que pasa es que quienes vienen aquí lo hacen por la calidad de nuestro producto, el día que en vez de cultivarlo nosotros lo pidamos a un distribuidor se irán al Mercadona.

—¿Se ha dedicado a esto toda la vida?
—Así es, ahora solo quedamos mi marido y yo, aunque mi madre, Eulària, también nos ayuda en lo que puede. Tiene 88 años y todavía viene a coger fresas o patatas cuando toca, a su ritmo eso sí. Es lo que ha hecho toda la vida y si un día no lo tuviera, imagínate.

—¿Tienen mucho terreno?, ¿qué siembran allí?
—Sí que tenemos bastante terreno, sí. Tal vez demasiado, por que tenemos los de mi casa y los de mi marido. Tenemos todo tipo de cosas, ya tenemos la patata sembrada, también la cebolla, el pimiento, lechuga, fresas o aguacates

—¿De niña ya trabajaba en el campo?
—De niña yo cosía, lo hice hasta los 15 años. Cuando me casé, con Vicent Torres de can Toni d’es terç, ya nos dedicamos de lleno a esto de la agricultura.

—¿Cosía por afición?
—No. No era por gusto: enviábamos lo que cosíamos (mi madre también sabía coser un poco) a mercadillos y esas cosas. Trabajábamos para otra gente, no para nosotros. Siempre por encargo. Antes se trabajaba mucho de esto: te mandaban la tela cortada y lo único que teníamos que hacer era coserlo. Entonces lo mandaban fuera.

—¿Hubiera preferido seguir cosiendo a trabajar en el campo?
—No. A mi me gusta más esto. Coser también es un oficio muy esclavo. Daba mucho trabajo, además lo tenías que tenerlo listo para el día que te decían. Esto se está poniendo muy difícil, pero es lo que me gusta.

—¿Tiene ganas de dejarlo?
—La verdad es que no es que tenga ganas de dejarlo. Tengo la intención de jubilarme aquí y quiero aguantar hasta entonces.

—Entonces ¿tiene ganas de jubilarse?
—Pues no. Ya sé que la gente normalmente tiene muchas ganas de jubilarse, pero yo no. Lo que yo querría es continuar durante muchos años, pero el tiempo dirá. Uno puede querer lo que sea, pero el tiempo es quién acaba haciendo lo que le parece.

—¿Tiene relevo generacional?
—Tengo una hija. La verdad es que le gusta todo esto, pero ha estudiado para otra cosa y trabaja en otro sector. Lo ve complicado y yo no le he dicho nada. Me decía que temía que me enfadara por no seguir mis pasos, pero lo entiendo perfectamente. Si las cosas fueran por otro camino, pero tal como están no tiene sentido.