José Antonio Guasch, ‘Watson’. | Toni Planells

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Watson es el nombre por el que se conoce a José Antonio Guasch (Ibiza, 1974) desde su adolescencia. Jordier de nacimiento ha dedicado su vida profesional a la hostelería en el pueblo que le vio crecer, dónde es copropietario de Can Sala, uno de los negocios emblemáticos de Sant Jordi.

¿Desde cuándo se dedica a la hostelería?
—Trabajo desde los 17 años. Empecé haciendo las temporadas de verano en Sa Tisana (ahora es el Rascalobos), que entonces era el bar de moda en Sant Jordi. Tras hacer la mili el dueño de Sa Tisana me hizo una oferta bastante interesante para llevar el negocio a medias. Así estuvimos año y medio antes de llevarlo yo solo durante un año más. Después estuve dos años en el bar del club de la tercera edad de Sant Jordi.

¿Cuándo decidió montar Can Sala?
—Cuando estuve trabajando en el club de la tercera edad ya tenía el proyecto de montar Can Sala con Sergio, mi socio y cuñado. Ya éramos amigos de antes, habíamos trabajado juntos en Sa Tisana. El terreno es de su familia (y la de mi mujer), que son ellos quienes son de Can Sala, no yo. En mi casa somos de Can Garrovers por parte de mi padre y de Can Coves por parte de mi madre.

¿A qué se dedicaban en su casa?
—Mi abuela tenía una tienda de toda la vida, Can Coves, en la calle del hipódromo. Hace muchos años que la cerraron, pero recuerdo que a mi ya me gustaba mucho ese rollo. Allí hacían las matanzas, vendían la sobrasada y esas cosas que se hacían en las tiendas antiguas. Mi abuela tenía la típica libretita en la que iba apuntando la cuenta a los vecinos. Era otra manera de trabajar.

¿Can Sala es un negocio familiar?
—En realidad sí que lo es, porque somos familia. Pero Sergio y yo no tenemos una relación de familia, ya éramos amigos desde antes y mantenemos la relación de amistad. Hacemos un buen tándem, cada uno sabe de qué pie cojea el otro y nos complementamos a la perfección. Por ejemplo, él es mucho mejor gestor de lo que pueda ser yo y, a su vez, tal vez yo sea más hábil como relaciones públicas.

¿Cómo fue su experiencia en el club de la tercera edad?
—Fueron dos años muy bonitos. Fue una experiencia muy enriquecedora. Es lo que tiene trabajar con personas mayores. Aprendí mucho de ellos. Hice muchos amigos y también muchos clientes que lo han seguido siendo aquí, en Can Sala. Por desgracia muchos de ellos ya no están entre nosotros. Piensa que hace 22 años que abrimos Can Sala y ya eran bastante mayores, es ley de vida.

¿Mantiene la manera de trabajar de su abuela de Can Coves, apuntando la cuenta en la libretita ?
—Hombre, si a algún cliente de confianza hay que apuntarle alguna cosa, se le apunta. Pero libretita como tal no. Hoy en día esto no funciona así. Lo que sí, durante estos 22 años que llevamos abierto, hemos ayudado a bastante gente. Un bar como el nuestro tiene una buena parte de servicio social. Un bar de pueblo se parece mucho a una ONG. Aquí nos conocemos todos, y si alguien necesita ayuda, aquí estamos. También es verdad que siempre hay aprovechados. Pero en un pueblo solo puedes meter un gol de estos, después ya nunca más.

Seguro que tiene mil anécdotas en estos 22 años.
—Muchas, claro. Ahora mismo me viene a la cabeza Xicu Maseuet. Era un cliente muy célebre. Un pescador que siempre estaba contando unas historias maravillosas. Otro cliente mítico que tuvimos era Cantonet, era un verdadero cachondo, el típico cabroncillo que no paraba de hacer bromas, por no decir pu-tadillas.

¿Qué tipo de bromas o putadillas?
—Una muy broma típica era poner picante en el borde del vaso del primer incauto que se iba al baño. Otra cosa que recuerdo es que un día me pagó con muchas monedas, irónicamente le dije que si no tenía más suelto. Al día siguiente me pagó todo con monedas de céntimo.

¿Alguna broma incómoda o fuera de tono que le enfadara?
—Bueno, recuerdo una vez que vinieron políticos al bar. Había un cliente que a esas horas ya iba un poco perjudicado y se puso a hacer comentarios en voz alta, a gritar e incluso acabó tirándose una cubitera por encima. Eso ya no era una broma, eso fue una movida.

¿Vienen muchos políticos?
—Siempre viene alguno, las oficinas del Ayuntamiento están aquí al lado. Sin llegar a convertirse en un salón de plenos sí que muchos concejales quedan con gente aquí. Estoy seguro que, desde aquí, se han llegado a muchos acuerdos.

¿Cómo ha cambiado el pueblo en estos años?
—Mucho. Cuando abrimos la hostelería estaba prácticamente muerta. La gente no venía a Sant Jordi a tomar algo desde que cerró Can Jurat. De hecho nos llegaron a recomendar que no abriéramos, que Sant Jordi no era más que un pueblo dormitorio. Hoy en día hay un ambiente de pueblo muy bonito, hay multitud de lugares a los que ir a tomar algo. Ha habido un gran cambio.

¿Y de dónde viene eso de Watson?
—(Ríe) De chaval, en EGB, me hacían el juego de palabras con mi apellido: Guasch, Guastson, Watson. Aparte había unos dibujos de Sherlock Holmes dónde el malo se llamaba así, y así me quedé. Ahora todo el mundo me conoce por Watson. Y ahora me viene a la cabeza otra clienta célebre: Rita. Apenas hablaba castellano, ¡imagínate lo que le costaba pronunciar Watson!. Pues bien: ella me llamaba Garsón.