Maria Riera en su mercería. | Toni Planells

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Maria Riera (Sant Jordi, 1956) cierra su vida laboral como mercera, a cargo de la Mercería de Sant Jordi, situada tras la iglesia, en pleno centro del pueblo que la vio nacer. Sin embargo, a lo largo de su vida ha desarrollado otros oficios como el de librera que ejerció durante años en Vara de Rey.

— Es usted jordiera, ¿verdad?
— Sí. Soy de Sant Jordi, Sant Jordi. Nací en el mismo pueblo, en Can Llimoners, mi casa. Soy de esa generación que nacía en casa. Entonces era así, nacimos todos los hermanos allí: cuatro mujeres y un hombre, Juan, ¡qué malcriado lo teníamos! (ríe). Pero eso de nacer en casa también implicaba sus peligros. En esos tiempos era muy difícil y mi hermana gemela murió al mes de haber nacido.

— ¿Qué recuerda de su juventud?
— Antes de ser madre era más activa. Estaba en el Institut d’Estudis Eivissencs y no parábamos de hacer actividades, reuniones y excursiones. Yo nunca he sido una persona delgadita, más bien heredé el tipo de mi padre: un hombre bajito y redondito, pero a la hora de hacer cualquier tipo de actividad nunca me privé de hacer nada. He llegado a subir al pico de Es Vedrà y mira que no todo el mundo es capaz.

— ¿Algún recuerdo especial de la infancia?
— Muchos. Por ejemplo la fiesta que hacíamos por Sant Antoni. Mi madre se llamaba Antonia y mi padre Toni, ¡imagínate cómo lo celebrábamos!: Comprábamos ensaimadas y hacíamos chocolate. También recuerdo que, para mi cumpleaños, mi padre me llevaba a Vila por la mañana pronto. Desayunábamos un café con leche con una ensaimada e íbamos a por el regalo, que consistía en una buena bandeja de pasteles. Piensa que casi nunca íbamos a Vila y tampoco comíamos pasteles muy a menudo, no te imaginas la alegría con la que llevábamos esa bandeja de pasteles a casa.

— ¿Trabajó desde muy joven?
— A los 13 años ya estaba trabajando en el supermercado de Can Malacosta. A los 16 mi cuñado, Jaume, me convenció para que fuera a trabajar a su kiosco de Vara de Rey. Viví al pie del cañón el traslado del kiosco en el paseo a la librería. Estuve muchísimos años como librera, toda mi juventud. Lo que pasa es que era un trabajo duro con un horario bastante estricto y cuando tuve mi segundo hijo, Jordi, no podía compaginarlo todo. Tuve que elegir entre seguir siendo una buena librera o ser una buena madre. Obviamente opté por lo segundo y    dejé la librería para dedicarme a mis hijos. Nieves es la mayor y Elena la pequeña. Bueno, lo de dedicarme a ser madre es un poco entre comillas, por que me monté una tiendecita para mí. Lo que pasa es que en la tienda los tenía a todos: mi madre, mi padre y mis hijos.

— ¿De qué y dónde tenía la tienda?
— La tenía en Cas Serres, que es dónde me mudé con mi marido cuando nos casamos, en 1976. Allí vendíamos prensa, zapatos, regalos y cosas así. Vivimos en Cas Serres muchísimos años hasta que mis padres se hicieron mayores y necesitaron nuestra ayuda. Entonces cerré la tienda y volvimos a Sant Jordi para cuidarles. Sin embargo, tampoco dejé de trabajar,; nunca he dejado de hacerlo, aparte de cuidar a mis padres que eran mayores, y de criar a mis hijos que eran pequeños, también cuidaba niños de algunos vecinos. Cuando mis padres faltaron estuve unos años en el supermercado de Can Mayans, hasta que tuvo que cerrar con la llegada de los grandes supermercados.

— ¿Cómo terminó a cargo de la mercería?
— De una manera un poco especial. Fue hace unos siete años. La mercería la llevaba una chica, Raquel, que de repente la llamaron por unas oposiciones que había hecho hacía unos años. Yo venía muy a menudo a verla, a hacer ganchillo y a echarle una mano. Desde el momento en el que la llamaron me estuvo insistiendo en que me la quedara yo. Al principio me parecía que no sabía lo suficiente pero enseguida me di cuenta de que esto era lo que me realmente me gusta y me lancé.

— Hay un cartel de traspaso por jubilación en la puerta, ¿va a continuar en funcionamiento la mercería?
— No estoy segura de si va a ser posible. Nos gustaría traspasarla, la dueña nos dijo que si había alguien que quisiera continuar con la tienda no habría ningún problema. Pero todo el mundo que está llamando es para montar un bar, un restaurante o algo de este estilo. A nadie le interesa una mercería y es una pena. Eso sí, la dueña lo tiene claro: si es para montar un bar o algo parecido, ni siquiera les cojo el número de teléfono.

— ¿No interesa un negocio como el de la mercería?
— No. Piensa que muy poca gente sabe coser un botón hoy en día. Un negocio como este es más para una persona de cierta edad que necesita una ayuda y que no puede hacer según qué trabajos, por que compensa más ir a trabajar a una empresa de cualquier otra cosa que ser autónomo. No es un negocio boyante que digamos, pero es un negocio muy lineal. Apenas hay altibajos entre la temporada de verano y la de invierno y el sueldito que te queda, aunque algún mes vienen los impuestos y se lo comen, más o menos da para salir adelante.

— ¿En qué oficio se siente más identificada, el de librera o el de mercera?
— A esta pregunta me cuesta contestar. Me encanta el mundo de los libros, es fascinante y además soy muy lectora. Era un oficio con el que me sentía muy identificada, cada vez que íbamos a cualquier lugar, lo primero que hacía era ir a buscar las librerías de ese lugar. Lo que pasa es que en cuanto descubrí este mundo, el de la mercería, y el del ganchillo me encantó. Hacer ganchillo me encanta y me relaja. ¿Tú sabes lo que es llegar mosqueada con el mundo y que se te pase todo al empezar a hacer ganchillo? Hago muchísimas cosas de ganchillo, por la noche y a ratos hago muñequitos, bolsos, monederos.

— ¿De dónde le viene esa afición por el ganchillo?
— Probablemente de mi madre, que hacía pantalones y camisas cuando yo era pequeña. Me enseñó a hacer pantalones sin necesidad de usar patrón alguno. Jamás he hecho un patrón y, sin embargo, sí que he hecho pantalones. Me enseñó a hacerlos a partir de un pantalón ya hecho. En aquellos tiempos los vecinos le traían las telas, también desde Vila, para que les cosiera pantalones o camisas. Yo era muy pequeña y me mandaba a llevarle tal prenda a tal casa, entonces me pagaban con una bolsa de judías tiernas, patatas o cacahuetes. Esta era la manera de pagar, el trueque. ¡Qué tiempos!, me siento como si hubiera vivido en dos mundos totalmente distintos.

— ¿Satisfecha con este mundo de ahora?
— Depende. Por un lado se echa de menos esa tranquilidad. Ahora en casa ya estamos con el chunda-chunda de las discotecas, el jaleo que hay con los coches y todo eso. Pero claro, en el fondo todo esto ha traído mucho trabajo.