Lali en los jardines del restaurante.  | Toni Planells

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Lali, Eulària, Ferrer (Ibiza, 1971) nació en Can Miquel Blanc y es de Can Miquel Pere desde su nupcias. Dirige la cocina del negocio familiar que emprendieron sus suegros en los años 60 en Pou d’es Lleó, el restaurante y hostal que comparte nombre con la topografía del lugar. Allí mantiene el mismo espíritu que Eulària, su suegra, le enseñó en la cocina del restaurante.

— ¿Es usted de Pou d’es Lleó?
— No. Yo nací en Santa Eulària, pero yo me siento de Sant Carles. Mi padre era Xicu de Can Blanc y mi madre Margalida d’es Terç, los dos de Sant Carles. Si digo que nací en Santa Eulària es porque mi padre compró un terreno justo en el límite entre los dos pueblos, en el barrio de Can Lluc (en el cruce de Cas Pagés). Al final el destino es como es y vuelvo a ser de Sant Carles de pleno derecho desde que me casé.

— ¿A qué se dedicaban en su casa?
— Mi madre hacía limpieza en los hoteles y también había sido modista, lo que hacía prácticamente todo el mundo por aquel entonces. Mi madre era una persona a la que quería mucho todo el pueblo. Murió muy pronto, a los 59 años. Para que te hagas una idea de lo querida que era tuvimos que alquilar un coche más para llevar la cantidad de coronas de flores que enviaron para su funeral. Mi padre era payés y también montó una hamburguesería en Es Canar, justo al lado de la discoteca La Cancela, dónde se pasó toda la noche vendiendo hamburguesas durante 20 años.

— ¿Trabajó siempre en el restaurante de Pou d’es Lleó?
— No. Antes había estado trabajando en la librería Es Canyer, en Es Canar, pero también había estado ayudando con las hamburguesas a mi padre. El restaurante es de la familia de Pepe, mi marido. Aquí empecé a echar una mano cuando comencé a salir con él. Venía a limpiar vasos, en aquellos tiempos no había lavavajillas como ahora. Tendrías que haber visto como quedaba la barra: llena de vasos de arriba a abajo. Luego empecé a trabajar en el chiringuito de abajo, que siempre ha sido dónde hemos aprendido todos, primero abajo y después subíamos al restaurante. Ahora es mi yerno quién está allí. Ese chiringuito también tiene historia. Lo diseñé yo de arriba a abajo junto al herrero Subirana. El viejo estaba hecho polvo y había que cambiarlo, así que diseñé uno que pudiera retirarse fácilmente. Ten en cuenta que hay que quitarlo cada cuatro años, así que diseñamos todo de manera que lo puedes quitar con un camión sin desmontar absolutamente nada.

— Esa faceta de diseñadora no la conocía.
— (Ríe) Pues también me he encargado de diseñar la reforma del hostal (que ha quedado una maravilla), el jardín nuevo de detrás...

— ¿Cómo se define como hostelera?
— No, yo soy cocinera. La cocinera del restaurante de Pou d’es Lleó. En la cocina estamos cuatro aprendices y yo. También está Pepitu, mi cuñado, que ha estado un par de años de baja, pero ahora vuelve a estar con nosotros, lleva aquí trabajando desde los 14 años.

— ¿Conoció a su marido desde muy joven?
— Empezamos a salir cuando yo tenía 15 años y él 21. Le vi por primera vez en el paso de peatones del Royalty. Él iba con su Renault 11 Turbo y yo, que iba con mi amiga Lourdes, le dije: «Mira que tío más bueno va en ese coche, ahora verás como se para». Y me metí en el paso de peatones. Lourdes me dijo que jugaba a fútbol sala (era muy bueno) y yo, que odio el fútbol, estuve yendo a ver partidos durante un año sin que él supiera ni mi nombre (ríe). Hasta que un día, en las fiestas de Santa Eulària, me puse un vestido rojo y tacones y, ¡por fin!, se me acercó, me hizo caso, se aprendió de una vez mi nombre y me acabó invitando al San Pepe Rock. Seis años y muchos vasos limpios después nos casamos.

— Supongo que él ya trabajaba en el restaurante...
— Ya lo creo, ¡a los 11 años ya ayudaba a sus padres a servir mesas!. Ellos son quienes han subido este negocio: mis suegros Pep y Eulària d’en Miquel Pere y sus hijos, Lina y Pepe. La hermana mayor, Angelita, no estuvo tanto aquí, aunque sí venía los fines de semana a echar una mano. Mi suegra es como mi madre, me lo ha enseñado todo. De hecho, he estado más con ella que con mi madre, que murió cuando yo tenía 27 años. Es mi ejemplo. A día de hoy sigue cuidando el jardín, el huerto y haciendo el café caleta. Pero quién tuvo la visión fue mi suegro. Sin él no existiría nada esto.

— No me resisto a preguntarle, ¿cuál es el secreto de un buen bullit de peix?
— Fácil: buen pescado, buena patata ibicenca, aceite de oliva bueno, fuego de leña y mucho amor (ríe). Lo seguimos haciendo de la misma manera que se ha hecho siempre. Hacemos un gran fondo y después vamos sacando las bandejas de pescado.

— El bullit de peix, ¿con patata?
— Nosotros lo hacemos con patata, ¡y el arroz caldoso!. Que eso de la paella seca no es ni típica ni nada. Lo que sí es verdad es que el bullit original no lleva patata. En mi barrio, Can Lluc, tenía unos vecinos puerta por puerta que eran pescadores, es al·lots d’en Font, la madre venía de Formentera y hacían el bullit solo con pescado ajo y cebolla. Ni siquiera tomate, perejil o aceite. Piensa que en el barco no podían llevar según que cosas, como mucho tomate de colgar o seco, pero ni patatas ni nada. El arroz se lo comían después, ¡y caldoso!. La patata se empezó a poner, más que nada, para rellenar cuando no había tanto pescado, pero es verdad que a la gente le gusta.

— ¿Cómo ve el futuro generacional del negocio?
— Pepe y yo tenemos tres hijas, Laia, Erika y Jeana. También tenemos una nieta a punto de cumplir un año, Mae, que significa regalos del cielo. Lo que pasa es que la historia se repite y, de la misma manera que mi suegra me enseñó la cocina a mí, su nuera, resulta que ahora yo le estoy enseñando a mi yerno (ríe). Pero sí, parece que el futuro, de momento, está asegurado.