Marc, en la finca familiar de Can Malacosta, en Sant Carles. | Toni Planells

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Marc Ferrer (Eivissa, 1992) es una prueba de que la sabiduría popular ibicenca permanece viva. El joven de Can Malacosta, en Sant Carles, ha recopilado de forma natural toda la sabiduría tradicional que le han transmitido tanto sus padres y abuelos como los mayores de su vecindario desde su infancia. Con la carrera de Magisterio en un cajón, dedica su vida a la finca de su familia sin dejar de recibir estudiantes en ella.

— Usted se define como payés, ¿de dónde le viene esta vocación?
— Es algo que me viene de manera innata. Tiene mucho que ver que mi familia es del mundo del campo, eso ayuda, claro. Aunque no quise cerrarme puertas e hice Magisterio en Palma; me gustan también los niños, pero para cuando terminé la carrera ya tenía clarísimo que me gustaba más trabajar en el campo que en un colegio. De hecho, es una de las motivaciones por las que me quedé estudiando en Ibiza y no salí fuera fue la finca. Aquí están los animales y siempre he estado trabajando, aunque sea a tiempo parcial.

— ¿Se encarga usted solo de la finca?
— No. Lo que es la parte de los animales y la finca me ayuda mi padre, Mariano. Mi hermana, Eva, también ayuda, sobre todo cuando vienen visitas escolares es ella quien se ocupa. Mi madre, Maria, también ayuda cuando puede. Ella se ocupa de su tienda, Es Pont, una tiendecita tradicional de toda la vida, al lado de Can Curreu.

— ¿Su abuelo se implica también en la finca?
— Mi abuelo, Mariano, tiró más hacia el turismo cuando llegó el boom; trabajó en un hotel de s’Argamassa donde conoció a mi abuela, María, que trabajaba como limpiadora. La finca era del padre de mi abuela; entonces era Can Frasesc. Pero como mi abuelo era de Can Malacosta (pero de los de Sant Llorenç, no los de Vila) se le cambió el nombre.

— ¿Recuerda el momento en el que decidió dedicarse al campo?
— No. Pero sí que recuerdo que de bien pequeño, en casa, solo había ovejas y yo quería tener cabras. Mi abuela me regaló mi primera cabra cuando solo tenía tres años. La llamamos Biseta y, desde entonces, siempre hemos tenido. Hoy tenemos a las descendientes de Biseta. Mi abuela fue la que, desde el principio, con Biseta, más me introdujo y me enseñó a cuidar las cabras, a ordeñarlas, a vivir los partos, a hacer quesos y todo eso.

— ¿Aprendió también el oficio de pastor?
— Así es. De hecho, lo sigo practicando. Los vecinos de la zona que tienen fincas en las que se puede pastorear me dejan ir allí con los animales. En total llevo unas 110 madres, 80 ovejas y 30 cabras, más las crías.

— ¿No tendrá muchos amigos de su edad que se dediquen a pastorear?
— [ríe] Ni amigos ni conocidos, ni prácticamente nadie que lo haga. Como mucho, uno o dos. Creo que hay un hombre en Sant Llorenç que lo sigue haciendo. Casi todos los que tienen animales (y cada vez son menos) los tienen dentro de las cercas y quienes pastoreaban ya son mayores o se han muerto. Se trata de un oficio prácticamente extinguido.

— ¿Es muy descabellada la propuesta de gestión forestal a base de pastorear con cabras el monte y así evitar incendios?
— Nadie me lo ha propuesto nunca. Es verdad que antes, con el pastoreo como una actividad común, el bosque estaba cuidado. Pero ahora harían falta un número de cabras muchísimo más alto del que hay para poder hacer este trabajo de manera eficaz. Por lo que sé, lo intentaron hace años, pero no sé bien lo que pasó.

— ¿Cría razas autóctonas?
— Sí. Tenemos cabras, conejos y gallinas de raza ibicenca. Las ovejas son más complicadas comercialmente. Son muy poco productivas y, al fin y al cabo, vivimos de esto y deben ser rentables. El resto de especies, sobre todo las gallinas, destacan mucho por la calidad de su carne.

— ¿Le apasiona la tradición ibicenca de manera innata?
— Claro. De hecho, también tenemos los carros de barana. Apenas quedan y nosotros tenemos cuatro. Los ha ido recogiendo mi padre porque los mayores van desapareciendo y se están abandonando y perdiendo. Tampoco hay guarnicioneros, para ir a Maig, tenemos que buscar un selleter de Mallorca. Por supuesto, cada año hacemos matanzas (es más matançer mi padre que yo), vino y, cómo no, salsa en Navidad. Con caldo.

— No me diga que también sabe poner bien el estómago.
— No. Pero sí que sé quitar el sol de la cabeza. A mí me sucedió de pequeño; tuve muchos dolores de cabeza tras estar demasiado rato al sol sin sombrero. Una vecina a la que apreciaba mucho y ya no está, me lo quitó. Le pedí que me enseñara y así lo hizo.

— ¿Cómo se quita el sol de la cabeza?
— No te lo puedo decir. Es un rito que solo se puede explicar en un momento determinado: el Jueves Santo antes de que salga el sol.

— El jueves fue Sant Joan, ¿qué se hace de especial por estas fechas?
— Muchas cosas, fiestas aparte. Por ejemplo, recoger las hierbas para hacer el licor. También es el momento de coger la hierba para hacer el queso, o las ramas de higuera para hacer la llet apresa (cuajada).

— Con todo lo que hace, ¿tiene tiempo para el ocio?
— La verdad es que poco. Este tipo de ganadería extensiva no entiende de días libres ni de vacaciones. El día que menos, hay que dedicarles tres horas a media mañana y tres más por la tarde.

— ¿Cuánto hace que no se va de viaje?
— Si contamos ir de viaje el ir a Formentera y volver en el mismo día, este año mismo. Pero si hablamos de viajar más tiempo, el año pasado me fui dos días a Mallorca, y porque los de casa me echan una mano.